Homilías del papa León XIV

Papa León XIVDiscurso del papa León XIV en el parlamento español (Madrid, 8 de junio de 2026)

Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,
Señoras y señores:

Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la invitación que la Sede  Apostólica ha recibido con ocasión de mi viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en  este histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la vida institucional,  jurídica y democrática del Reino de España. Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor  de la Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del apóstol Pedro como  principio y fundamento de unidad de los Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la  Santa Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.

Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia España, en el marco de la  mutua cooperación, y una palabra ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia “camina  con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas, escucha los interrogantes de cada época  y se deja interpelar “por todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de hoy”.  Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace respetando la misión propia de las instituciones y  la legítima responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar. Reconoce “la autonomía  de las realidades terrenas” y “la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y,  precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del deseo de servir al bien común y  de recordar aquello que hace verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18- 19).

En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se  escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá  de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta  decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye  esas leyes.

Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica  y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la  tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades,  en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece  viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la  vida común.

Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es  uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II,  58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española  hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del  todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más  que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la  verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra  extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está  sujeta la acción legislativa.

Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce naturalmente a Salamanca  y al pensamiento que allí maduró. La presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando remite a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance  universal; pocos años después, Salamanca habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral  y jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos  maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la  fuerza o el interés presentaban como conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la  pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Hay que  reconocer que la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que  encontraban eco en su propia tradición cristiana.

Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral que desbordó su propio  momento histórico. La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier  poder particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos.  Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de  Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral  capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano  debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue hablando también hoy: que  la dignidad, la justicia y el bien común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel nacional  como a nivel internacional.

Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción histórica con la lucidez  de la razón moral. Aquella contribución, nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las  bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad  internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y  no sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el  legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano  y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que  ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar.

La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública. Hoy,  los nuevos mundos que se abren ante nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la  técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza  ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social.

El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo singular en el desarrollo  de la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica, la  tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula  y la utiliza (cf. Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro tiempo, nuestro  discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones, y cómo  se plantean hoy, de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien  común.

Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa  se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad  precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables  o al vaivén de las mayorías de cada momento (cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento  Federal alemán, 22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir, y  por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la  Revelación; la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre (cf.  ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el derecho se convierte en amparo de todos y en  garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares.

Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena y firme ante  quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social. Esta  convivencia puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa  Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida, 27  septiembre 2021). En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué  futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja  en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende  enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y  custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando  esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado  más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se  manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan  mayor fragilidad. 

El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana” (cf. Magnifica  humanitas, 59). No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de  condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el  logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común  deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses  parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos.

En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad humana primera y  fundamento natural de la comunidad. En el hogar se entrelazan las generaciones y se transmite una  memoria viva que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es sostenida, se fortalece  también la estabilidad espiritual y social de las naciones. La familia será siempre la primera escuela  de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la  convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.

También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta tarea. En ellas, las  nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la  vida y la dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus hijos aprendan a  relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes  esperanzas, como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar siempre el  «derecho primario e inalienable» de los padres a «elegir el tipo de educación y de formación que  reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas» (cf.  Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).

La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta cuando tantas personas  se ven obligadas a dejarlo todo para buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama  migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional.  Numerosos hombres, mujeres y niños se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas,  a partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y vínculos. Esta realidad rebasa  cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral  y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o  lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la  igual dignidad de todos los seres humanos.

La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte  las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble  exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades  reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra,  trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones  dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática (cf.  Magnifica humanitas, 81).

En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado el altísimo coste de  esta realidad, tantas veces escondida o ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes  y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario fortalecer la prevención, el  rescate y la asistencia a las víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y  multilateral.

Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud. Por ello, es  indispensable una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y  oportunidades reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan de ser lugares de abandono y pueden convertirse en  espacios de protección responsable de la dignidad humana.

Señorías:

El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples  formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como  una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral. Reclama una palabra pública  que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria  histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica  y el respeto mutuo en medio de la discrepancia.

En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión  de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de  resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional. Toda guerra  constituye, en última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y también de aquella  conciencia común de la humanidad que reconoce vínculos de justicia entre las naciones. Las armas  pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera.

Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en Europa, vuelva a  presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La  verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho  internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que  se benefician de la guerra. También el desarrollo de las nuevas tecnologías y de la inteligencia  artificial en el ámbito militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones sobre la vida  y la muerte nunca sean descargadas sobre automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de  la persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo 2026).

La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor indispensable del diálogo  como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la  transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de anteponer la paz al recurso a la  fuerza. De ahí nacen la confianza y la esperanza.

Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la unidad verdadera no  uniforma, sino que cohesiona en la diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y tradiciones  una ocasión de enriquecimiento mutuo.

Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una cultura de la reciprocidad.  La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una  convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las  diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los  anhelos y las capacidades de todos.

Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace también en la  conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso,  se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos;  pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una  responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para  «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige  desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.

De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio donde maduran sus  convicciones, su conciencia y su relación con Dios. La atención a ese ámbito interior permite  comprender mejor una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la libertad  de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho fundamental que tutela el ámbito más íntimo de  las personas. La libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, reconoce la  dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que  renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.

Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad  necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y  adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una  justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y  de las asociaciones no sea indebidamente restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta  perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia  el fenómeno religioso. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo,  tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública.

En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una importancia especial para  la Iglesia católica. Se inserta en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las  comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna (cf.  CONFERENCIA SOBRE LA SEGURIDAD Y LA COOPERACIÓN EN EUROPA, Acta Final de Helsinki, 1 agosto  1975, Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en algunas profesiones,  significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante  Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas internacionales (cf. CORTE  PENAL INTERNACIONAL, Reglas de Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).

Señoras y Señores:

Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan esta Cámara. En este  Salón de Sesiones, la luz natural entra por el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo  alto puede recordar que también la política necesita reconocer una medida que la precede y la supera.

También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro principal, la recepción del  Evangelio y del Decálogo recuerdan algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso,  esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido preparada también por una larga  educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela interior,  los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza,  que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el  extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada  como mercancía.

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente  aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad  de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.

Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad, sino para recordar que toda  decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen  menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y  las reformas legales, hace falta también una renovación moral.

España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que une continentes; una  tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y  conciencia, unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el valor de la concordia  y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa.

Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro.  Que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su  vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la nobleza del diálogo y la grandeza  del servicio.

Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las familias y serenidad a  las conciencias. Y que, sobre el Reino de España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por  la presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de prosperidad, justicia y paz duradera.  Muchas gracias.

Homilia del papa León XIV en la Santa Misa de Corpus Christi (Madrid, 7 de junio de 2026)
Eminencias y Excelencias Reverendísimas, queridos presbíteros, religiosos y religiosas, hermanos y hermanas:

Con el corazón colmado de alegría, al inicio de este viaje a España, presido esta celebración en el día de la solemnidad del Corpus Christi.

Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida para hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos, está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte.

Esta memoria del Señor presente en el Pan eucarístico está en el corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo. Aquí en Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios.

Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos. No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más oscuros.

Así, si en la celebración eucarística Cristo se entrega como alimento, la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza para los enfermos, paz para quien sufre.

El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad.

No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo.

Por eso, la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro. En esta perspectiva debe comprenderse la invitación a “recordar” que hemos escuchado en la primera lectura: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto»; acuérdate de cómo, cuando tenías hambre, te alimentó con el maná. Se trata de «recordar» precisamente para no olvidar quién es el Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y alimentarse de un pan que no sacia.

Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común.

Hermanos y hermanas, deseo recordar aquí a san Manuel González, el obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta día a día. Quisiera recordar también los versos poéticos de san Juan de la Cruz: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche» (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe). En la prisión conventual de Toledo, donde estaba encarcelado en condiciones durísimas, precisamente en torno al Corpus Christi de 1578, él reconoce desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor, de la que brota una luz que no conoce ocaso y mana una vida que no se agota. Jesús Eucaristía es “aquella eterna fuente que está escondida” fuente que corre y apaga la sed, pero sin deslumbrar, sin imponerse con poder exterior, sin presentarse de modo espectacular (cf. ibíd.).

Volvamos a Él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con Él, dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos.

Que el Señor Jesús presente en la Eucaristía os haga pan partido, entregado y ofrecido, para que una vida plena pueda brotar para vosotros, para vuestras familias y para vuestro país.


Discurso del Papa León XIV en la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima (Madrid, 6 de junio de 2026)

(1) Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano?

(2) Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?

Durante los años de formación y de ministerio sacerdotal pude conocer muchas figuras de santidad que acompañan mi caminar. Recuerdo tres santos en particular.

El primero es san Juan Crisóstomo, que significa “boca de oro”, un título que este Padre de la Iglesia mereció por su elocuencia. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, estudiaba filosofía. Después se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura, junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y obispo. Llevando en el corazón la Palabra de Dios, la ofrecía a todos, dando testimonio con coherencia de la verdad del Evangelio frente a las herejías de su tiempo. Me han impresionado especialmente sus espléndidas catequesis, que unen el amor por la verdad y la rectitud de vida, y su valentía para hablar ante el Emperador, diciendo siempre la verdad.

El segundo santo es Tomás de Villanueva, un agustino, que fue llamado a convertirse en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V. Como obispo de Valencia, emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la castidad y en la obediencia. Su ardiente caridad me ha alentado en los momentos de prueba.

El tercer compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización de los indios, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.

Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Es una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás.

En cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, experimentando que la palabra del Señor lleva paz donde hay conflicto y se convierte, para todos, en fuente de reconciliación y de justicia.

(3) ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces? (4) ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores, acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?

Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio, que favorece la atención y el recogimiento. Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece.

En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien vuestra voz: Él os escucha y os responderá. Expresad lo que sentís en el corazón. Dice un salmo: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo, que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.

En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar su Palabra viva, que es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y nuevo dado a los hombres como promesa de salvación. La adoración eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para la humanidad.

Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y que, ante el Señor, somos siempre discípulos. Compartid pues, vuestro camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la hora del cansancio. Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino. Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como pastores, educadores y amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe, transmitiréis su fuego vivo. Si permanecéis fieles a vuestra vocación, reflejaréis su gracia atrayente. Educad, por tanto, en el discernimiento, sabiendo que toda virtud se transmite en un vínculo de escucha que se convierte en diálogo. Los rostros de esposos y padres apasionados, de sacerdotes sabios, de religiosos y religiosas entregados a Dios para servir al prójimo no brillan en una idea, sino en la santidad de una vida puesta a prueba. La presencia cercana de Jesús se percibe incluso en nuestras caídas, también cuando nos convertimos en mano tendida y abrazo fraterno para sostenernos mutuamente en el camino. 

(5) ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta sociedad? (6) ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los jóvenes de la Iglesia? A lo largo de los siglos de historia de la Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades, atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y contribuido a formar. Un texto antiguo, la Carta a Diogneto, nos ofrece al respecto una hermosa intuición: «los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Él nos ha liberado con su amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva, sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio (cf. Christus vivit, 105; Saludo en el Jubileo de los misioneros digitales, 29 julio 2025).

Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.

La misión que os confío es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra. Muchas gracias.


Homilía del Papa León XIV en el Domingo de Resurrección (5 de abril de 2026)

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!

Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.

Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles. La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.

En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.

Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).

Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.

La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.

Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

Homilía del Papa León XIV en la Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2026)
Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio (cf. Mt 2,1-12) nos ha detallado la grandísima alegría de los magos al ver la estrella (cf. v. 10), pero también la turbación experimentada por Herodes y por toda Jerusalén ante su búsqueda (cf. v. 3). Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y turbación, resistencia y obediencia, miedo y deseo.

Celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza. Dios se revela, y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: «No hay nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9).

Empieza algo de lo que dependen el presente y el futuro, como anuncia el Profeta: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti!» (Is 60,1).

Sorprende el hecho de que sea precisamente Jerusalén, la ciudad testigo de tantos nuevos comienzos, la que esté turbada. En su seno, el que estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos. Es más, la ciudad está atemorizada por el que, movido por la esperanza, llega a ella desde lejos, hasta el punto de considerar como amenaza aquello que debería, por el contrario, causarle mucha alegría.

Esta reacción también nos interpela a nosotros, como Iglesia. La Puerta Santa de esta Basílica, que ha sido hoy la última en cerrarse, ha visto pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva Jerusalén (cf. Ap 21,25).

¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad, al finalizar el Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender. Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué es lo que han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad?

Sí, los magos aún existen. Son personas que aceptan el desafío de arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el nuestro —en muchos aspectos excluyente y peligroso— sienten la exigencia de ponerse en camino, en búsqueda.


Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron.

Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios, convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado.

Preguntémonos: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino?

En el relato, Herodes teme por su trono, se agita por lo que se le escapa de su control. Intenta aprovecharse del deseo de los magos manipulando su búsqueda en beneficio propio. Está listo para mentir, está dispuesto a todo; el miedo, en efecto, enceguece. La alegría del Evangelio, en cambio, libera; nos hace prudentes, sí, pero también audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya recorridos.


Los magos traen a Jerusalén una pregunta sencilla y esencial: «¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Qué importante es que, el que cruza la puerta de la Iglesia, se percate de que el Mesías recién ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad donde ha surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida.

El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores.

Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo.

¡Cuántas epifanías nos han sido dadas o se nos darán! Pero deben sustraerse de las intenciones de Herodes, de los miedos siempre al acecho para transformarse en agresión. «Desde la época de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo» (Mt 11,12).


Esta misteriosa expresión de Jesús, indicada en el Evangelio de Mateo, nos hace pensar en los numerosos conflictos con los que los hombres pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado para todos.

Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un niño. A nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar.

Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?

El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo Él sabe leer. Con él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede vendernos esto. El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad.

No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2,6). Cuántas ciudades, cuántas comunidades necesitan que se les diga: “Ciertamente no eres la menor”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo!

Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir. Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven a ver la estrella!

Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. Si no reducimos nuestras iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana, caminará siempre delante de nosotros.

En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica, transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se hizo carne por amor.


Catequesis del Papa León XIV (17 de septiembre de 2025)
Queridos hermanos y hermanas:

En nuestro camino de las catequesis sobre Jesús esperanza nuestra, hoy contemplamos el misterio del Sábado Santo. El Hijo de Dios yace en la tumba. Pero esta su “ausencia” no es un vacío: es espera, plenitud contenida, promesa custodiada en la oscuridad. Es el día del gran silencio, en el que el cielo parece mudo y la tierra inmóvil, pero es justamente allí que se cumple el misterio más profundo de la fe cristiana. Es un silencio grávido de sentido, como el vientre de una madre que custodia al hijo todavía no nacido, pero ya vivo.

El cuerpo de Jesús, bajado de la cruz, fue envuelto con cuidado, como se hace con aquello que es valioso. El evangelista Juan nos dice que fue sepultado en un jardín, dentro “una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado” (Jn 19,41). Nada es dejado a la casualidad. Aquel jardín recuerda el Edén perdido, el lugar en el que Dios y el hombre estaban unidos. Y aquella tumba nunca antes usada habla de algo que todavía debe suceder: es un umbral, no un final. En el inicio de la creación Dios había plantado un jardín, ahora también la nueva creación toma forma en un jardín: con una tumba cerrada que pronto se abrirá.

El Sábado Santo es también un día de descanso. Según la ley judía, el séptimo día no se debe trabajar: de hecho, luego de seis días de creación, Dios descansó (cfr Gen 2,2). Ahora, también el Hijo, luego de haber completado su obra de salvación, descansa. No porque está cansado, sino porque ha concluido su trabajo. No porque se ha rendido, sino porque ha amado hasta el final. No hay nada más que agregar. Este descanso es el sello de la obra cumplida, es la confirmación de aquello que tenía que hacerse y que ha sido completado. Es un descanso lleno de la presencia oculta del Señor.

Fatigamos en detenernos y descansar. Vivimos como si la vida nunca fuese suficiente. Corremos por producir, por demostrar, por no perder terreno. Pero el Evangelio nos enseña que saber detenerse es un gesto de confianza que tenemos que aprender a cumplir. El Sábado Santo nos invita a descubrir que la vida no depende siempre de aquello que hacemos, sino también de cómo sabemos desistir de cuanto hemos podido hacer.

En el sepulcro, Jesús, la Palabra viviente del Padre, calla. Pero es justamente en aquel silencio que la vida nueva inicia a fermentar. Como una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no tiene miedo del tiempo que pasa, porque es Señor también de la espera. Así, también nuestro tiempo “inútil”, aquel de las pausas, de los vacíos, de los momentos estériles, puede convertirse en vientre de resurrección. Todo silencio acogido puede ser la premisa de una Palabra nueva. Todo tiempo detenido puede convertirse en tiempo de gracia, si lo ofrecemos a Dios.

Jesús, sepultado en la tierra, es el rostro manso de un Dios que no ocupa todo el espacio. Es el Dios que deja hacer, que espera, que se retira para dejarnos la libertad. Es el Dios que se fía, también cuando todo parece terminado. Y nosotros, en ese sábado detenido, aprendemos que no tenemos que tener prisa de resurgir: primero es necesario descansar, acoger el silencio, dejarse abrazar por el límite. A veces buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios trabaja en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza. El sábado de la sepultura se convierte así en las entrañas de las que pueden brotar las fuerzas de una luz invencible, aquella de la Pascua.

Queridos amigos, la esperanza cristiana no nace en el ruido, sino en el silencio de una espera habitada por el amor. No es hija de la euforia, sino de un confiado abandono. Nos lo enseña la Virgen María: ella encarna esta espera, esta esperanza, esta confianza. Cuando nos parezca que todo está detenido, que la vida es un camino interrumpido, acordémonos del Sábado Santo. También en la tumba, Dios está preparando la sorpresa más grande. Y si sabemos acoger con gratitud aquello acontecido, descubriremos que, justamente en la pequeñez, y en el silencio, Dios ama transfigurar la realidad haciendo nuevas todas las cosas con la fidelidad de su amor. La verdadera alegría nace de la espera habitada, de la fe paciente, de la esperanza que cuanto ha vivido en el amor, ciertamente, resurgirá a la vida eterna.


Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa de Canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati (7 de septiembre de 2025)
Queridos hermanos y hermanas:

En la primera lectura hemos escuchado una pregunta: "Señor, ¿y quién habría conocido tu  voluntad si tú mismo no hubieras dado la Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu?"  (Sab 9,17). La hemos oído después de que dos jóvenes beatos, Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis,  fueran proclamados santos, y eso es providencial. En el libro de la Sabiduría, esta pregunta está  atribuida precisamente a un joven como ellos: el rey Salomón. Cuando murió David, su padre, él se  dio cuenta de que disponía de muchas cosas: el poder, la riqueza, la salud, la juventud, la belleza, el  reino. Pero esta gran abundancia de medios le había hecho surgir una pregunta en su corazón: “¿Qué debo hacer para que nada se pierda?”.

Y había entendido que el único camino para encontrar una  respuesta era pedir a Dios un don aún mayor: su Sabiduría, para poder conocer sus proyectos y adherirse  a ellos fielmente. Se dio cuenta, en efecto, que de ese modo todas las cosas encontrarían su lugar en  el gran designio del Señor. Sí, porque el riesgo más grande de la vida es desaprovecharla fuera del  proyecto de Dios.

También Jesús, en el Evangelio, nos habla de un proyecto al que adherirse hasta el final. Dice:  "El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo" (Lc 14,27); y agrega: "cualquiera  de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo" (v. 33). Es decir, nos  llama a lanzarnos sin vacilar a la aventura que Él nos propone, con la inteligencia y la fuerza que  vienen de su Espíritu y que podemos acoger en la medida en que nos despojamos de nosotros mismos,  de las cosas y de las ideas a las que estamos apegados, para ponernos a la escucha de su palabra.

Muchos jóvenes, a lo largo de los siglos, tuvieron que afrontar este momento decisivo de la  vida. Pensemos en san Francisco de Asís: como Salomón, también él era joven y rico, y estaba  sediento de gloria y de fama. Por eso partió a la guerra, esperando ser nombrado “caballero” y  revestirse de honores. Pero Jesús se le apareció en el camino y le hizo reflexionar sobre lo que estaba  haciendo. Vuelto en sí, dirigió a Dios una pregunta sencilla: "Señor, ¿qué quieres que haga?".[1] Y a  partir de allí, volviendo sobre sus pasos, comenzó a escribir una historia diferente: la maravillosa  historia de santidad que todos conocemos, despojándose de todo para seguir al Señor (cf. Lc 14,33),  viviendo en pobreza y prefiriendo el amor a los hermanos, especialmente a los más débiles y  pequeños, al oro, a la plata y a las telas preciosas de su padre.

¡Y cuántos otros santos y santas podríamos recordar! A veces nosotros los representamos  como grandes personajes, olvidando que para ellos todo comenzó cuando, aún jóvenes, respondieron  “sí” a Dios y se entregaron a Él plenamente, sin guardar nada para sí. A este respecto, san Agustín  cuenta que, en el "nudo tortuosísimo y enredadísimo" de su vida, una voz, en lo profundo, le decía:  "Sólo a ti quiero". Y, de esa manera, Dios le dio una nueva dirección, un nuevo camino, una nueva  lógica, donde nada de su existencia estuvo perdido.

En este marco, contemplamos hoy a san Pier Giorgio Frassati y a san Carlo Acutis: un joven  de principios del siglo XX y un adolescente de nuestros días, ambos enamorados de Jesús y dispuestos  a dar todo por Él.

Pier Giorgio encontró al Señor por medio de la escuela y los grupos eclesiales —la Acción  Católica, las Conferencias de San Vicente de Paúl, la F.U.C.I. (Federación Universitaria Católica  Italiana), la Orden Tercera de Santo Domingo— y dio testimonio de ello a través de su alegría de  vivir y de ser cristiano en la oración, en la amistad y en la caridad. Hasta el punto de que, a fuerza de  verlo recorrer las calles de Turín con carritos repletos de ayuda para los pobres, sus amigos lo  llamaban “Empresa de Transportes Frassati”. También hoy, la vida de Pier Giorgio representa una  luz para la espiritualidad laical. Para él, la fe no fue una devoción privada; impulsado por la fuerza del  Evangelio y la pertenencia a asociaciones eclesiales, se comprometió generosamente en la sociedad,  dio su contribución en la vida política, se desgastó con ardor al servicio de los pobres.

Carlo, por su parte, encontró a Jesús en su familia, gracias a sus padres, Andrés y Antonia — presentes hoy aquí con sus dos hermanos, Francesca y Michele— y después en la escuela, también  él, y sobre todo en los sacramentos, celebrados en la comunidad parroquial. De ese modo, creció  integrando naturalmente en sus jornadas de niño y de adolescente la oración, el deporte, el estudio y  la caridad.

Ambos, Pier Giorgio y Carlo, cultivaron el amor a Dios y a los hermanos a través de medios  sencillos, al alcance de todos: la Santa Misa diaria, la oración, y especialmente la adoración  eucarística. Carlo decía: "Cuando nos ponemos frente al sol, nos bronceamos. Cuando nos ponemos  ante Jesús en la Eucaristía, nos convertimos en santos", y también: "La tristeza es dirigir la mirada  hacia uno mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios. La conversión no es otra cosa que  desviar la mirada desde abajo hacia lo alto. Basta un simple movimiento de ojos".

Otra cosa esencial  para ellos era la confesión frecuente. Carlo escribió: "A lo único que debemos temer realmente es al  pecado"; y se maravillaba porque —son palabras suyas— "los hombres se preocupan mucho por la belleza del propio cuerpo y no se preocupan, en cambio, por la belleza de su propia alma". Ambos,  además, tenían una gran devoción por los santos y por la Virgen María, y practicaban generosamente  la caridad. Pier Giorgio decía: "Alrededor de los pobres y los enfermos veo una luz que nosotros no  tenemos". Llamaba a la caridad “el fundamento de nuestra religión” y, como Carlo, la ejercitaba  sobre todo por medio de pequeños gestos concretos, a menudo escondidos, viviendo lo que el Papa  Francisco ha llamado "la santidad “de la puerta de al lado”" (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7).

Incluso cuando los aquejó la enfermedad y esta fue deteriorando sus jóvenes vidas, ni siquiera eso los  detuvo ni les impidió amar, ofrecerse a Dios, bendecirlo y pedirle por ellos y por todos. Un día Pier  Giorgio dijo: "El día de mi muerte será el día más bello de mi vida";[4] y en su última foto, que lo  retrata mientras escalaba una montaña de Val di Lanzo, con el rostro dirigido a la meta, había  escrito: "Hacia lo alto".[5] Por otra parte, a Carlo, siendo aún más joven, le gustaba decir que el cielo  nos espera desde siempre, y que amar el mañana es dar hoy nuestro mejor fruto.

Queridos amigos, los santos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis son una invitación para todos  nosotros, sobre todo para los jóvenes, a no malgastar la vida, sino a orientarla hacia lo alto y hacer de  ella una obra maestra. Nos animan con sus palabras: “No yo, sino Dios”, decía Carlo. Y Pier Giorgio:  “Si tienes a Dios como centro de todas tus acciones, entonces llegarás hasta el final”. Esta es la  fórmula, sencilla pero segura, de su santidad. Y es también el testimonio que estamos llamados a  imitar para disfrutar la vida al máximo e ir al encuentro del Señor en la fiesta del cielo.

Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa de clausura del Jubileo de los jóvenes (3 de agosto de 2025)

Queridos jóvenes:

Después de la Vigilia que vivimos juntos ayer por la tarde, volvemos a encontrarnos hoy para celebrar la Eucaristía, Sacramento del don total de sí que el Señor ha hecho por nosotros. Podemos imaginar que recorremos, en esta experiencia, el camino realizado la tarde de Pascua por los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Primero se alejaban de Jerusalén atemorizados y desilusionados; se iban convencidos de que, después de la muerte de Jesús, ya no había nada más que hacer, nada que esperar. Y, en cambio, se encontraron precisamente con Él, lo acogieron como compañero de viaje, lo escucharon mientras les explicaba las Escrituras, y finalmente lo reconocieron al partir el pan. Entonces, sus ojos se abrieron y el gozoso anuncio de la Pascua encontró lugar en sus corazones.

La liturgia de hoy no nos habla directamente de este episodio, pero nos ayuda a reflexionar sobre aquello que allí se narra: el encuentro con el Cristo resucitado que cambia nuestra existencia, que ilumina nuestros afectos, deseos y pensamientos.

La primera lectura, del Libro de Qohélet, nos invita a tomar contacto, como los dos discípulos de los que hemos hablado, con la experiencia de nuestros límites, de la finitud de las cosas que pasan (cf. Qo 1,2;2,21-23); y el Salmo responsorial, que le hace eco, nos propone la imagen de «la hierba que brota de mañana: por la mañana brota y florece, y por la tarde se seca y se marchita» (Sal 90,5-6). Son dos referencias fuertes, quizá un poco impactantes, pero que no deben asustarnos, como si fueran argumentos “tabú”, que se deben evitar. La fragilidad de la que hablan, en efecto, forma parte de la maravilla que somos. Pensemos en el símbolo de la hierba: ¿no es hermosísimo un prado florecido? Ciertamente, es delicado, hecho con tallos delgados, vulnerables, propensos a secarse, doblarse, quebrarse; pero, al mismo tiempo, son reemplazados rápidamente por otros que florecen después de ellos; y los primeros se vuelven generosamente para estos alimento y abono, al consumirse en el terreno. Así vive el campo, renovándose continuamente, e incluso durante los meses fríos del invierno, cuando todo parece callar, su energía vibra bajo tierra y se prepara para explotar en miles de colores durante la primavera.

También nosotros, queridos amigos, somos así; hemos sido hechos para esto. No para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor. Y por eso aspiramos continuamente a un “más” que ninguna realidad creada nos puede dar; sentimos una sed tan grande y abrasadora, que ninguna bebida de este mundo puede saciar. No engañemos nuestro corazón ante esta sed, buscando satisfacerla con sucedáneos ineficaces. Más bien, escuchémosla. Hagámonos de ella un taburete para subir y asomarnos, como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios. Nos encontraremos ante Él, que nos espera; más bien, que llama amablemente a la puerta de nuestra alma (cf. Ap 3,20). Y es hermoso, también con veinte años, abrirle de par en par el corazón, permitirle entrar, para después aventurarnos con Él hacia espacios eternos del infinito.

San Agustín, hablando de su intensa búsqueda de Dios, se preguntaba: «¿Qué es, entonces, esa cosa tan esperada […]? ¿La tierra? No. ¿Algo que se origina en la tierra, como el oro, la plata, el árbol, la mies, el agua? […] Todas estas cosas causan deleite, son hermosas, son buenas» (Sermón 313/F, 3). Y concluía: «Busca a quien las hizo: él es tu esperanza» (ibíd.). Pensando, luego, en el camino que había recorrido, rezaba diciendo: «Y he aquí que tú [Señor] estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando […]. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz» (Confesiones, 10, 27).

Hermanas y hermanos, son palabras muy hermosas, que nos recuerdan lo que decía el Papa Francisco en Lisboa, durante la Jornada Mundial de la Juventud, a otros jóvenes como ustedes: «Cada uno está llamado a confrontarse con grandes preguntas que no tienen […] una respuesta simplista o inmediata, sino que invitan a emprender un viaje, a superarse a sí mismos, a ir más allá […], a un despegue sin el cual no hay vuelo.No nos alarmemos, entonces, si nos encontramos interiormente sedientos, inquietos, incompletos, deseosos de sentido y de futuro […]. ¡No estamos enfermos, estamos vivos!» (Discurso en el encuentro con los jóvenes universitarios, 3 agosto 2023).

Hay una inquietud importante en nuestro corazón, una necesidad de verdad que no podemos ignorar, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es realmente la felicidad? ¿Cuál es el verdadero sabor de la vida? ¿Qué es lo que nos libera de los pantanos del sinsentido, del aburrimiento y de la mediocridad?

Durante los días pasados ustedes han tenido muchas experiencias hermosas. Se han encontrado entre coetáneos provenientes de diferentes partes del mundo, pertenecientes a culturas distintas. Han intercambiado conocimientos, han compartido expectativas, han dialogado con la ciudad a través del arte, la música, la informática y el deporte. Después, en el Circo Máximo, acercándose al Sacramento de la Penitencia, han recibido el perdón de Dios y le han pedido su ayuda para una vida buena.

De todo esto se puede deducir una respuesta importante: la plenitud de nuestra existencia no depende de lo que acumulamos ni de lo que poseemos, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Lc 12,13-21); más bien, está unida a aquello que sabemos acoger y compartir con alegría (cf. Mt 10,8-10; Jn 6,1-13). Comprar, acumular, consumir no es suficiente. Necesitamos alzar los ojos, mirar a lo alto, a las «cosas celestiales» (Col 3,2), para darnos cuenta de que todo tiene sentido, entre las realidades del mundo, sólo en la medida en que sirve para unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad, haciendo crecer en nosotros “sentimientos de profunda compasión, de benevolencia, de humildad, de dulzura, de paciencia” (cf. Col 3,12), de perdón (cf. ibíd., v. 13) y de paz (cf. Jn 14,27), como los de Cristo (cf. Flp 2,5). Y en este horizonte comprenderemos cada vez mejor lo que significa que «la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

Muy queridos jóvenes, nuestra esperanza es Jesús. Es Él, como decía san Juan Pablo II, «el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, […] para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna» (XV Jornada Mundial de la Juventud, Vigilia de oración, 19 agosto 2000). Mantengámonos unidos a Él, permanezcamos en su amistad, siempre, cultivándola con la oración, la adoración, la comunión eucarística, la confesión frecuente, la caridad generosa, como nos han enseñado los beatos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis, que próximamente serán proclamados santos. Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor.

Los encomiendo a María, la Virgen de la esperanza. Con su ayuda, al regresar a sus países en los próximos días, en cada parte del mundo, sigan caminando con alegría tras las huellas del Salvador, y contagien a los que encuentren con el entusiasmo y el testimonio de su fe. ¡Buen camino!



Saludo del Papa León XIV a influencers y misioneros digitales (29 de julio de 2025)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

La paz esté con ustedes.

Queridos hermanos y hermanas, hemos comenzado con este saludo: La paz esté con ustedes.

Y cuánto necesitamos la paz en nuestro tiempo, desgarrado por la enemistad y las guerras. Y cuánto nos llama hoy al testimonio el saludo del Resucitado: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). La paz esté con todos nosotros. En nuestros corazones y en nuestras acciones.

Esta es la misión de la Iglesia: anunciar la paz al mundo. La paz que viene del Señor, que venció a la muerte, que nos trae el perdón de Dios, que nos da la vida del Padre, que nos indica el camino del Amor.

1. Es la misión que la Iglesia les confía hoy también a ustedes, que están aquí en Roma para su Jubileo, que han venido a renovar el compromiso de alimentar con esperanza cristiana las redes sociales y los entornos digitales. La paz necesita ser buscada, anunciada, compartida en todos los lugares; tanto en los dramáticos escenarios de guerra, como en los corazones vacíos de quienes han perdido el sentido de la existencia y el gusto por la interioridad, el gusto por la vida espiritual. Y hoy, quizás más que nunca, necesitamos discípulos misioneros que lleven al mundo el don del Resucitado; que den voz a la esperanza que nos da Jesús vivo, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,3-8); que lleguen a dondequiera que haya un corazón que espera, un corazón que busca, un corazón que necesita. Sí, hasta los confines de la tierra, hasta los confines existenciales donde no hay esperanza.



2. Hay un segundo reto en esta misión: buscar siempre la “carne sufriente de Cristo” en cada hermano y hermana con los que nos encontramos en internet. Hoy nos encontramos en una nueva cultura, profundamente caracterizada y formada por la tecnología. Depende de nosotros, depende de cada uno de ustedes, garantizar que esta cultura siga siendo humana.

La ciencia y la tecnología influyen en la forma en que nosotros vivimos en el mundo, afectando incluso al modo de entendernos a nosotros mismos, de relacionarnos con Dios y los unos con los otros. Pero nada de lo que proviene del hombre y su creatividad debe utilizarse para socavar la dignidad de los demás. Nuestra misión, la misión de ustedes, es nutrir una cultura de humanismo cristiano, y hacerlo juntos. Esta es la belleza de la “red” para todos nosotros.

Frente a los cambios culturales a lo largo de la historia, la Iglesia nunca se ha mantenido pasiva; siempre ha tratado de iluminar cada época con la luz y la esperanza de Cristo, discerniendo el bien del mal y lo que era bueno de lo que debía cambiarse, transformarse y purificarse.

Hoy nos encontramos en una cultura en la que la dimensión tecnológica está presente en casi todo, especialmente ahora que la adopción generalizada de la inteligencia artificial marcará una nueva era en la vida de las personas y de la sociedad en su conjunto. Este es un desafío que debemos afrontar: reflexionar sobre la autenticidad de nuestro testimonio, sobre nuestra capacidad de escuchar y hablar, y sobre nuestra capacidad de comprender y ser comprendidos. Tenemos el deber de trabajar juntos para desarrollar una forma de pensar y un lenguaje de nuestro tiempo que dé voz al Amor.

No se trata simplemente de generar contenido, sino de crear un encuentro entre corazones. Esto implicará buscar a los que sufren, a los que necesitan conocer al Señor, para que puedan sanar sus heridas, volver a levantarse y encontrar sentido a sus vidas. Este proceso comienza, antes que nada, con la aceptación de nuestra propia pobreza, dejando de lado toda pretensión y reconociendo nuestra innata necesidad del Evangelio. Y este proceso es un reto de la comunidad.

3. Y esto nos lleva a un tercer llamado y por eso les hago un llamado a todos ustedes: “que vayan a reparar las redes”. Jesús llamó a sus primeros apóstoles mientras reparaban sus redes de pescadores (cf. Mt 4,21-22). También lo pide a nosotros, es más, nos pide hoy construir otras redes: redes de relaciones, redes de amor, redes de intercambio gratuito, en las que la amistad sea auténtica y sea profunda. Redes donde se pueda reparar lo que ha sido roto, donde se pueda poner remedio a la soledad, sin importar el número de los seguidores —los follower—, sino experimentando en cada encuentro la grandeza infinita del Amor. Redes que abran espacio al otro, más que a sí mismos, donde ninguna “burbuja de filtros” pueda apagar la voz de los más débiles. Redes que liberen, redes que salven. Redes que nos hagan redescubrir la belleza de mirarnos a los ojos. Redes de verdad. De este modo, cada historia de bien compartido será el nudo de una única e inmensa red: la red de redes, la red de Dios.

Sean entonces ustedes agentes de comunión, capaces de romper la lógica de la división y de la polarización; del individualismo y del egocentrismo. Céntrense en Cristo, para vencer la lógica del mundo, de las fake news y de la frivolidad, con la belleza y la luz de la verdad (cf. Jn 8,31-32).

Y ahora, antes de despedirme con la bendición, encomendando al Señor el testimonio de todos ustedes, quiero darles las gracias por todo el bien que han hecho y hacen en sus vidas, por los sueños que persiguen, por su amor al Señor Jesús, por su amor a la Iglesia, por la ayuda que prestan a los que sufren y por su camino en las vías digitales.


Diálogo del Papa León XIV con los jóvenes en la vigilia del Jubileo (2 de agosto de 2025)

Pregunta 1 – Amistad

Santo Padre, soy Dulce María, tengo 23 años y vengo de México. Me dirijo a usted haciéndome portavoz de una realidad que vivimos los jóvenes en tantas partes del mundo. Somos hijos de nuestro tiempo. Vivimos en una cultura que nos pertenece y que, sin darnos cuenta, nos va moldeando; está marcada por la tecnología, especialmente en el ámbito de las redes sociales. Frecuentemente, nos ilusionamos de tener muchos amigos y de crear relaciones cercanas, mientras que cada vez más seguido experimentamos diversas formas de soledad. Estamos cerca y conectados con tantas personas y, sin embargo, no son relaciones verdaderas y duraderas, sino efímeras y comúnmente ilusorias.

Santo Padre, mi pregunta es: ¿cómo podemos encontrar una amistad sincera y un amor genuino que nos lleven a la verdadera esperanza? ¿Cómo la fe puede ayudarnos a construir nuestro futuro?

Queridos jóvenes, las relaciones humanas, nuestras relaciones con otras personas son indispensables para cada uno de nosotros, empezando por el hecho de que todos los hombres y mujeres del mundo nacen como hijos de alguien. Nuestra vida comienza con un vínculo y es a través de los vínculos que crecemos. En este proceso, la cultura juega un papel fundamental: es el código con el que nos entendemos a nosotros mismos e interpretamos el mundo. Como un diccionario, cada cultura contiene tanto palabras nobles como palabras vulgares, valores y errores que hay que aprender a reconocer. Buscando con pasión la verdad, no sólo recibimos una cultura, sino que la transformamos a través de elecciones de vida. La verdad, en efecto, es un vínculo que une las palabras a las cosas, los nombres a los rostros. La mentira, en cambio, separa estos aspectos, generando confusión y malentendidos.

Ahora, entre las muchas conexiones culturales que caracterizan nuestra vida, internet y las redes sociales se han convertido en «una extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre personas, así como de acceso a la información y al conocimiento» (Papa Francisco, Christus vivit, 87). Sin embargo, estos instrumentos resultan ambiguos cuando están dominados por lógicas comerciales e intereses que rompen nuestras relaciones en mil intermitencias. A este respecto, el Papa Francisco recordaba que a veces los «mecanismos de la comunicación, de la publicidad y de las redes sociales pueden ser utilizados para volvernos seres adormecidos, dependientes del consumo» (Christus vivit, 105). Entonces nuestras relaciones se vuelven confusas, ansiosas o inestables. Además, como saben hoy en día hay algoritmos que nos dicen lo que tenemos que ver, lo que tenemos que pensar, y quieres deberían ser nuestros amigos. Y entonces nuestras relaciones se vuelven confusas, a veces ansiosas. Es que cuando el instrumento domina al hombre, el hombre se convierte en un instrumento: sí, un instrumento de mercado y a su vez en mercancía. Sólo relaciones sinceras y lazos estables hacen crecer historias de vida buena.

Queridos jóvenes, toda persona desea naturalmente esta vida buena, como los pulmones tienden al aire, ¡pero cuán difícil es encontrarla! Cuán difícil es encontrar una amistad auténtica. Hace siglos, san Agustín captó el profundo deseo de nuestro corazón, es el deseo de todo corazón humano, aun sin conocer el desarrollo tecnológico de hoy. También él pasó por una juventud tempestuosa; pero no se conformó, no silenció el clamor de su corazón. Agustín buscaba la verdad, la verdad que no defrauda, la belleza que no pasa. Y ¿cómo la encontró? ¿Cómo encontró una amistad sincera, un amor capaz de dar esperanza? Encontrando a quien ya lo estaba buscando, encontrando a Jesucristo. ¿Cómo construyó su futuro? Siguiéndolo a Él, su amigo desde siempre. En palabras suyas: “Ninguna amistad es fiel sino en Cristo”. San Agustín nos dice: “No hay amistad que sea fiel si no es en Cristo”. Y la verdadera amistad es siempre en Jesucristo con verdad, amor y respeto. “Y sólo en Él puede ser feliz y eterna” (cf. Réplica a las dos cartas de los pelagianos, I, I, 1); «Ama verdaderamente al amigo quien ama a Dios en el amigo» (Sermón 336, 2), nos dice san Agustín. La amistad con Cristo, que está en la base de la fe, no es sólo una ayuda entre muchas otras para construir el futuro, es nuestra estrella polar. Como escribía el beato Pier Giorgio Frassati, «vivir sin fe, sin un patrimonio que defender, sin sostener una lucha por la Verdad no es vivir, sino ir tirando» (Cartas, 27 de febrero de 1925). Cuando nuestras amistades reflejan este intenso vínculo con Jesús, ciertamente se vuelven sinceras, generosas y verdaderas.

Queridos jóvenes, ámense los unos a los otros. Ámense en Cristo. Sepan ver a Jesús en los demás. La amistad puede cambiar verdaderamente el mundo. La amistad es el camino por la paz. La amistad es el camino por la paz.

Pregunta 2 – El valor de decidir

Santo Padre, me llamo Gaia, tengo diecinueve años y soy italiana. Esta noche todos los jóvenes aquí presentes quisiéramos hablar de nuestros sueños, esperanzas y dudas. Nuestros años están marcados por las decisiones importantes que estamos llamados a tomar para orientar nuestra vida futura. Sin embargo, por el clima de incertidumbre que nos circunda, la tentación de ir posponiendo tales decisiones y el miedo a un futuro desconocido nos paraliza. Sabemos que optar equivale a renunciar a algo y esto nos bloquea, a pesar de ello percibimos que la esperanza nos muestra objetivos alcanzables por más que estén marcados por la precariedad del tiempo actual.

Santo Padre, le preguntamos: ¿dónde podemos encontrar el valor para decidir? ¿Cómo podemos ser valientes y vivir la aventura de la libertad viva, tomando decisiones radicales y cargadas de significado?

Gracias por esta pregunta. La pregunta es ¿cómo encontrar la valentía de escoger? ¿Dónde podemos encontrar el valor para elegir y tomar decisiones acertadas? La decisión es un acto humano fundamental. Observándolo con atención, entendemos que no se trata sólo de elegir algo, sino de optar por alguien. Cuando elegimos, en sentido profundo, decidimos qué queremos llegar a ser. La opción por excelencia, en efecto, es la decisión sobre nuestra vida: ¿qué tipo de hombre quieres ser?, ¿qué clase de mujer quieres ser? Queridos jóvenes, se aprende a elegir a través de las pruebas de la vida, y en primer lugar recordando que nosotros hemos sido elegidos. Este recuerdo debe explorarse y educarse. Hemos recibido la vida gratis, sin elegirla. No somos fruto de nuestra decisión, sino de un amor que nos ha querido. En el curso de la existencia, se demuestra verdaderamente amigo quien nos ayuda a reconocer y renovar esta gracia en las decisiones que estamos llamados a tomar.

Queridos jóvenes, es cierto lo que han dicho: “optar equivale también a renunciar a algo y esto a veces nos bloquea”. Para ser libres, es necesario partir de un fundamento estable, de la roca que sostiene nuestros pasos. Esta roca es un amor que nos precede, nos sorprende y nos supera infinitamente: el amor de Dios. Por eso, ante Él la decisión es un juicio que no nos quita ningún bien, sino que siempre nos lleva a lo mejor.

La valentía de elegir surge del amor que Dios nos manifiesta en Cristo. Él es quien nos ha amado con todo su ser salvando el mundo y mostrándonos así que el camino para realizarnos como personas es dar la vida. Por eso, el encuentro con Jesús corresponde a las esperanzas más profundas de nuestro corazón, porque Jesús es el Amor de Dios hecho hombre.

A este respecto, hace veinticinco años, precisamente en el lugar donde nos encontramos, san Juan Pablo II dijo: «es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar» (Vigilia de oración en la XV Jornada Mundial de la Juventud, 19 agosto 2000). El miedo deja entonces espacio a la esperanza, porque estamos seguros de que Dios lleva a término lo que comienza.

Reconozcamos su fidelidad en las palabras de quien ama de verdad, porque ha sido realmente amado. “Tú eres mi vida, Señor”, es lo que un sacerdote o una consagrada pronuncian llenos de alegría y de libertad. “Tú eres mi vida, Señor”. “Te recibo como mi esposa y como mi esposo” es la frase que transforma el amor del hombre y de la mujer en un signo eficaz del amor de Dios en el matrimonio. Estas opciones radicales, opciones llenas de significado: el matrimonio, el orden sagrado, la consagración religiosa, expresan el don de uno mismo, libre y liberador, que nos hace auténticamente felices. Y ahí encontramos la felicidad, cuando aprendemos a darnos a nosotros mismos. A dar la vida por los demás.

Estas decisiones dan sentido a nuestra vida, transformándola según la imagen del Amor perfecto, que la ha creado y redimido de todo mal, incluso de la muerte. Digo esto esta noche pensando en las dos chicas, María, de veinte años, española, y Pascale, de dieciocho, egipcia. Ambas habían decidido venir a Roma para el Jubileo de los Jóvenes, y en estos días les ha llegado la muerte. Recemos juntos por ellas; recemos también por sus familiares, sus amigos y sus comunidades. Jesús Resucitado las acoja en la paz y en la alegría de su reino. Y quisiera pedirles sus oraciones por otro amigo; un muchacho español, Ignacio Gonzálvez, que ha sido ingresado en el hospital “Bambino Gesù”. Recemos por él, por su salud.

Encontrar el valor de tomar decisiones difíciles y de decir al Jesús: “Tú eres mi vida, Señor”. “Señor, tú eres mi vida”. Gracias.

Pregunta 3 – Llamada al bien

Santo Padre, me llamo Will. Tengo veinte años y soy de los Estados Unidos. Me gustaría hacerle una pregunta en nombre de tantos jóvenes que anhelan, en sus corazones, algo más profundo. Nos sentimos atraídos por la vida interior, aunque a primera vista se nos juzgue como una generación superficial e irreflexiva. En lo más profundo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bello y lo bueno como fuentes de verdad. El valor del silencio, como en esta Vigilia, nos fascina, aunque a veces nos infunda temor por la sensación de vacío. Santo Padre, me gustaría preguntarle: ¿cómo podemos encontrar verdaderamente al Señor Resucitado en nuestras vidas y estar seguros de su presencia incluso en medio de las pruebas y las incertidumbres?

Para dar inicio a este Año Jubilar, el Papa Francisco publicó el documento titulado Spes non confundit, que significa «la esperanza no defrauda». En ese documento, escribió: «En el corazón de toda persona anida la esperanza como deseo y expectativa del bien» (Spes non confundit, 1). En la Biblia, la palabra “corazón” suele referirse al ser más íntimo de una persona, que incluye nuestra conciencia. Nuestra comprensión de lo que es bueno, entonces, refleja cómo nuestra conciencia ha sido moldeada por las personas que forman parte de nuestra vida; aquellas que fueron amables con nosotros, aquellas que nos escucharon con amor, aquellas que nos ayudaron. Esas personas contribuyeron a modelarte en la bondad y, por lo tanto, a formar tu conciencia para buscar el bien en tus decisiones de cada día.

Queridos jóvenes, Jesús es el amigo que siempre nos acompaña en la formación de nuestra conciencia. Si realmente quieren encontrar al Señor resucitado, escuchen su palabra, que es el Evangelio de la salvación. Reflexionen sobre su forma de vivir, busquen la justicia para construir un mundo más humano. Sirvan a los pobres y den testimonio así del bien que siempre nos gustaría recibir de nuestros vecinos. Estén unidos a Jesucristo en la Eucaristía. Adoren a Cristo en el Santísimo Sacramento, fuente de vida eterna. Estudien, trabajen y amen siguiendo el ejemplo de Jesús, el buen Maestro que siempre camina a nuestro lado.

En cada paso, mientras buscamos lo que es bueno, pidámosle: quédate con nosotros, Señor (cf. Lc 24,29). Quédate con nosotros, porque sin ti no podemos hacer el bien que deseamos. Tú quieres nuestro bien; de hecho Señor, tú eres nuestro bien. Quienes te encuentran también quieren que otros te encuentren, porque tu palabra es una luz más brillante que cualquier estrella, que ilumina incluso la noche más oscura. Al Papa Benedicto XVI le gustaba decir que quienes creen nunca están solos. En otras palabras, encontramos a Cristo en la Iglesia, es decir, en la comunión de quienes lo buscan sinceramente. El Señor mismo nos reúne para formar comunidad, no cualquier comunidad, sino una comunidad de creyentes que se apoyan mutuamente. ¡Cuánto necesita el mundo misioneros del Evangelio que sean testigos de justicia y paz! ¡Cuánto necesita el futuro hombres y mujeres que sean testigos de esperanza! Queridos jóvenes, ¡esta es la tarea que el Señor resucitado nos confía a cada uno de nosotros!

San Agustín escribió: «Tú mismo lo mueves a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. [...] Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti» (Confesiones, I, 1). Siguiendo esas palabras de Agustín, y en respuesta a sus preguntas, me gustaría invitar a cada uno de ustedes a decirle al Señor: “Gracias, Jesús, por llamarme. Mi deseo es seguir siendo uno de tus amigos, para que, abrazándote, yo también pueda ser un compañero de todos los que encuentre en el camino. Concédeme, Señor, que aquellos que me encuentren puedan encontrarte a ti, incluso a través de mis limitaciones y debilidades”. Al rezar con estas palabras, nuestro diálogo continuará cada vez que miremos al Señor crucificado, porque nuestros corazones estarán unidos en Él. Cada vez que adoremos a Cristo en la Eucaristía, nuestros corazones se unirán en Él. Por último, mi oración por ustedes es que perseveren en la fe, con gozo y valentía.Y podemos decir: “Gracias Jesús por amarnos”. “Gracias Jesús por habernos llamado”. “Quédate con nosotros Señor”.

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