Discurso del papa León XIV en el parlamento español (Madrid, 8 de junio de 2026)
Presidente del Gobierno,
Presidenta del Congreso de los Diputados,
Presidente del Senado,
Presidente del Tribunal Constitucional,
Presidenta del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial,
Miembros del Congreso de los Diputados y del Senado,
Señoras y señores:
Agradezco a la Señora Presidenta sus amables palabras, así como la
invitación que la Sede Apostólica ha recibido con ocasión de mi
viaje a este país, así como la deferencia de acogerme en este
histórico Palacio del Congreso de los Diputados, ámbito eminente de la
vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España.
Vengo ante todos ustedes como Obispo de Roma y Pastor de la
Iglesia católica, consciente de que la misión confiada al Sucesor del
apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los
Obispos y de los fieles (cf. Lumen gentium, 23) coloca a la Santa
Sede, de modo peculiar, en diálogo con los pueblos y con los Estados.
Mi presencia entre ustedes quiere ser un gesto de cercanía hacia
España, en el marco de la mutua cooperación, y una palabra
ofrecida desde el servicio a la persona humana. La Iglesia
“camina con la humanidad”, comparte sus esperanzas y sus heridas,
escucha los interrogantes de cada época y se deja interpelar “por
todo lo que concierne a la existencia de los hombres y las mujeres de
hoy”. Por eso, cuando se dirige a la vida pública, lo hace
respetando la misión propia de las instituciones y la legítima
responsabilidad de quienes han recibido el mandato de legislar.
Reconoce “la autonomía de las realidades terrenas” y “la
distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”; y,
precisamente desde esa conciencia, aporta una reflexión nacida del
deseo de servir al bien común y de recordar aquello que hace
verdaderamente humana la convivencia (cf. Magnifica humanitas, 18- 19).
En este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí
las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se
convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la
legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba
encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la
persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye
esas leyes.
Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su
identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una
historia en la que la fe y la razón, el arte y el derecho, la
tradición y el pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus
catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus
instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo,
permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir
la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común.
Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que
«la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los
hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58),
hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran
tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de
Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del
todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar
al ser humano como algo más que una pieza del orden social,
económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la
verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que
ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como
alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio
está sujeta la acción legislativa.
Por eso, al hablar hoy de la persona humana, esta memoria conduce
naturalmente a Salamanca y al pensamiento que allí maduró. La
presencia simbólica en esta sala de los Reyes Isabel y Fernando remite
a aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades
históricas de alcance universal; pocos años después, Salamanca
habría de asumir, con singular lucidez, la reflexión moral y
jurídica que ese escenario reclamaba. En aquella sede universitaria,
hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades
inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros
comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de
legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como
conveniente. Introdujeron así en el discernimiento histórico la
pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites
morales del poder. Hay que reconocer que la sociedad y la misma
Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que
encontraban eco en su propia tradición cristiana.
Sin embargo, aquel interrogante abrió un horizonte intelectual y moral
que desbordó su propio momento histórico. La intuición del totus
orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder
particular, permitía afirmar la existencia de vínculos jurídicos y
morales entre los pueblos. Desde España, la reflexión de la
Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de
Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una
conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad
lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano
debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. Ese anhelo sigue
hablando también hoy: que la dignidad, la justicia y el bien
común sean la medida de las relaciones sociales, tanto a nivel
nacional como a nivel internacional.
Ésta es una de las grandes herencias de España: haber unido la acción
histórica con la lucidez de la razón moral. Aquella contribución,
nacida a orillas del Tormes, trascendió las aulas y las
bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia,
compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose
cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no
sobre la imposición de la fuerza. Ese legado vive también en estas
Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo
posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que
la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a
todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente
vulnerar.
La pregunta salmantina sigue acompañando la tarea de quienes sirven a
la vida pública. Hoy, los nuevos mundos que se abren ante
nosotros ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la
técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital,
donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de
la vida personal y social.
El progreso ofrece posibilidades admirables, y hoy lo vemos de modo
singular en el desarrollo de la inteligencia artificial y las
nuevas tecnologías. Como he recordado en mi reciente Encíclica,
la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de
quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza (cf.
Magnifica humanitas, 9); por eso, ante las transformaciones de nuestro
tiempo, nuestro discernimiento debe centrarse en qué lugar ocupa
la persona humana en nuestras decisiones, y cómo se plantean hoy,
de manera nueva, la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política
social y el bien común.
Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad
auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la
dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a
toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos
sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento
(cf. BENEDICTO XVI, Discurso ante el Parlamento Federal alemán,
22 septiembre 2011). Pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de
existir, y por eso debe orientar todo ordenamiento jurídico
positivo. La fe cristiana la proclama a partir de la Revelación;
la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad
del hombre (cf. ibíd.). Cuando esta convicción permanece viva, el
derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la
imposición de intereses y agendas particulares.
Sobre este fundamento, me corresponde pronunciar hoy una palabra serena
y firme ante quienes tienen la grave responsabilidad de ordenar
jurídicamente la convivencia social. Esta convivencia puede verse
amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el
Papa Francisco (cf. Discurso a la Asamblea Plenaria de la
Pontificia Academia para la Vida, 27 septiembre 2021). En este
sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental,
¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse
plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún
no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien
depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la
vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es
una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y
custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada
circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece,
los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su
significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por
eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo,
en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que
atraviesan mayor fragilidad.
El bien común es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad
humana” (cf. Magnifica humanitas, 59). No consiste en la mera
suma de intereses particulares, sino en «el conjunto de
condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a
cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la
propia perfección» (Gaudium et spes, 26). Cuando el bien común
deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de
fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar
aquello que pertenece a todos.
En este contexto, reviste particular importancia la familia, realidad
humana primera y fundamento natural de la comunidad. En el hogar
se entrelazan las generaciones y se transmite una memoria viva
que da continuidad interior a la sociedad. Allí donde la familia es
sostenida, se fortalece también la estabilidad espiritual y
social de las naciones. La familia será siempre la primera
escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier
otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la
vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer.
También las instituciones educativas ocupan un lugar decisivo en esta
tarea. En ellas, las nuevas generaciones pueden aprender a buscar
y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la
dignidad de cada persona. Por eso, muchos padres deseosos de que sus
hijos aprendan a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a
adquirir valores sólidos, depositan en ellas grandes esperanzas,
como valiosas aliadas en su educación. Esta colaboración ha de respetar
siempre el «derecho primario e inalienable» de los padres a
«elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus
hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y
religiosas» (cf. Magnifica humanitas, 143; cf. Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4).
La afirmación de la dignidad humana no puede permanecer abstracta
cuando tantas personas se ven obligadas a dejarlo todo para
buscar paz, seguridad y futuro. También el trágico drama
migratorio interpela hoy la conciencia de las naciones y el fundamento
ético del orden internacional. Numerosos hombres, mujeres y niños
se ven obligados, por circunstancias muchas veces dramáticas, a
partir de sus comunidades y dejar atrás seres queridos, historias y
vínculos. Esta realidad rebasa cualquier lectura puramente
demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente
moral y jurídica. Allí donde una persona es discriminada por su
origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su
condición económica o social, se vulnera gravemente el principio
universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.
La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire
a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y
vaya más allá de la mera gestión de flujos. De ahí nace una doble
exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una
acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y
promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia
tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar
por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre
ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática
(cf. Magnifica humanitas, 81).
En los últimos años, las rutas cada vez más peligrosas han evidenciado
el altísimo coste de esta realidad, tantas veces escondida o
ignorada. Muchas personas siguen siendo presas de traficantes y
contrabandistas que se aprovechan de su desesperación. Es necesario
fortalecer la prevención, el rescate y la asistencia a las
víctimas, especialmente en el marco de una cooperación regional y
multilateral.
Ninguna nación puede afrontar por sí sola un desafío de esta magnitud.
Por ello, es indispensable una respuesta coordinada, solidaria y
eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades
reales de integración a quienes emigran. Cuando la respuesta
institucional se hace cercana, justa y coordinada, las fronteras dejan
de ser lugares de abandono y pueden convertirse en espacios de
protección responsable de la dignidad humana.
Señorías:
El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se
manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y
desconfianza recíproca. En este contexto, la paz se presenta como
una aspiración política y, más aún, como una verdadera exigencia moral.
Reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto,
instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria
histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social
capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio
de la discrepancia.
En el plano internacional, la paz exige valentía diplomática,
responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el
respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados
de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que
ofrece el derecho internacional. Toda guerra constituye, en
última instancia, una dolorosa derrota de la capacidad de negociar y
también de aquella conciencia común de la humanidad que reconoce
vínculos de justicia entre las naciones. Las armas pueden imponer
un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y
duradera.
Por eso, preocupa que, en diversos lugares del mundo, y también en
Europa, vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi
inevitable ante la fragilidad del escenario internacional. La
verdadera seguridad, en cambio, nace de la justicia, del diálogo
paciente, del respeto al derecho internacional y de una política
capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses
que se benefician de la guerra. También el desarrollo de las
nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial en el ámbito
militar exige una vigilancia ética rigurosa, para que las decisiones
sobre la vida y la muerte nunca sean descargadas sobre
automatismos ni sustraídas a la responsabilidad moral de la
persona humana (cf. Discurso en la Universidad “La Sapienza”, 14 mayo
2026).
La comunidad internacional está llamada a redescubrir el valor
indispensable del diálogo como camino paciente hacia acuerdos
justos y duraderos, fundados en el respeto a los tratados, en la
transparencia de la acción diplomática y en la voluntad sincera de
anteponer la paz al recurso a la fuerza. De ahí nacen la
confianza y la esperanza.
Como recuerda el lema de la Unión Europea, In varietate concordia, la
unidad verdadera no uniforma, sino que cohesiona en la
diversidad, haciendo de las culturas, sensibilidades y
tradiciones una ocasión de enriquecimiento mutuo.
Asimismo, dentro de las propias sociedades es urgente construir una
cultura de la reciprocidad. La pluralidad política no debería
degenerar en descalificación permanente del adversario. En una
convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino
hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la
escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los
anhelos y las capacidades de todos.
Pero la paz no es solamente una realidad política o institucional. Nace
también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y
el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y
se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir
caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla
hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una
responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de
custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje» (Mensaje para la
Cuaresma de 2026, 13 febrero 2026). La firmeza no exige
desprecio; la discrepancia no conlleva humillación.
De este respeto al otro nace también el deber de custodiar el espacio
donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con
Dios. La atención a ese ámbito interior permite comprender mejor
una cuestión decisiva para toda sociedad verdaderamente democrática: la
libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, derecho
fundamental que tutela el ámbito más íntimo de las personas. La
libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es
auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la
respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que
renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe.
Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también
que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser
libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de
muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien
y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad
efectivamente libre requiere también una justa delimitación del
poder público, de modo que la libertad de las personas, de las
comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente
restringida (cf. Dignitatis humanae, 1). Desde esta perspectiva,
la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como
hostilidad hacia el fenómeno religioso. La fe no pretende
imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo,
tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para
la vida pública.
En este contexto, el sigilo sacramental de la confesión reviste una
importancia especial para la Iglesia católica. Se inserta en el
ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las
comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y
disciplina interna (cf. CONFERENCIA SOBRE LA SEGURIDAD Y LA
COOPERACIÓN EN EUROPA, Acta Final de Helsinki, 1 agosto 1975,
Principio VII). Tutelarlo jurídicamente, como sucede de modo análogo en
algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de
libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma ante
Dios sin temor a presiones externas, como reconocen también las normas
internacionales (cf. CORTE PENAL INTERNACIONAL, Reglas de
Procedimiento y Prueba, Regla 73.3).
Señoras y Señores:
Permitan que me detenga un instante en algunas imágenes que adornan
esta Cámara. En este Salón de Sesiones, la luz natural entra por
el lucernario que corona la sala. Esa luz que viene de lo alto
puede recordar que también la política necesita reconocer una medida
que la precede y la supera.
También las pinturas que evocan, en la parte superior del muro
principal, la recepción del Evangelio y del Decálogo recuerdan
algo esencial. Sin confundir el orden político con el religioso,
esos signos invitan a reconocer que la libertad moderna ha sido
preparada también por una larga educación de la conciencia,
profundamente marcada por la tradición cristiana. En esa escuela
interior, los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al
bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder
necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la
comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su
dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como
mercancía.
Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber
sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser
válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la
persona y salir de ese examen sin avergonzarse.
Les invito a alzar, pues, la mirada: no para alejarse de la realidad,
sino para recordar que toda decisión de las autoridades públicas
toca personas de carne y hueso, especialmente a quienes tienen
menos fuerza para hacerse oír. Porque la altura de miras consiste
precisamente en mirar con más hondura aquello que está en juego en cada
decisión pública. Por eso, junto a las respuestas técnicas y las
reformas legales, hace falta también una renovación moral.
España puede ofrecer mucho en este camino. Cuenta con una lengua que
une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual
que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia,
unidad y pluralidad. Esta experiencia histórica recuerda también el
valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una
convivencia pacífica y justa.
Que esta noble nación jamás pierda la memoria de sus raíces ni la
audacia de mirar al futuro. Que España continúe siendo tierra de
encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza. Y que su
vida pública sepa unir siempre la firmeza de las convicciones con la
nobleza del diálogo y la grandeza del servicio.
Que Dios conceda paz a todas las naciones de la tierra, concordia a las
familias y serenidad a las conciencias. Y que, sobre el Reino de
España, marcado por la huella apostólica de Santiago y por la
presencia maternal de la Virgen del Pilar, desciendan días de
prosperidad, justicia y paz duradera. Muchas gracias.
Homilia del papa León XIV en la Santa Misa de Corpus Christi (Madrid, 7 de junio de 2026) Eminencias y Excelencias Reverendísimas, queridos presbíteros, religiosos y religiosas, hermanos y hermanas:
Con el corazón colmado de alegría, al inicio de este viaje a España,
presido esta celebración en el día de la solemnidad del Corpus Christi.
Estamos reunidos en torno a la Eucaristía, el don de la presencia viva
de Cristo en medio de nosotros. Él, que quiso ofrecernos su vida para
hacernos entrar en la comunión del Padre y convertirnos en hijos suyos,
está aquí, como Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la
misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte.
Esta memoria del Señor presente en el Pan eucarístico está en el
corazón de vuestra fe y de la historia de vuestro pueblo. Aquí en
Madrid, pero también en tantos otros lugares de España, el Corpus
Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a
las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios.
Las solemnes procesiones de este día han plasmado durante siglos la
piedad, el arte, la música, la arquitectura y la vida del pueblo
español y, todavía hoy, expresan y manifiestan el sentimiento
espiritual de este país también a través de la belleza y la elegancia
de las alfombras florales, de los altares en las calles, del cuidado de
las custodias y de los expositores, de los cantos y de los ornamentos.
No se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia
folclórica o de un simple adorno estético: aquí se trata de la fe en la
presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio
de nosotros, que se hace pan para nuestra hambre de vida y visita los
rincones de nuestro corazón y de nuestra historia, también los más
oscuros.
Así, si en la celebración eucarística Cristo se entrega como alimento,
la procesión dice que Él no permanece encerrado en el templo, sino que
sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las
plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida
cotidiana. Él es el Dios cercano que camina con su pueblo, el Señor de
la historia, consuelo de los débiles, luz para las familias, esperanza
para los enfermos, paz para quien sufre.
El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se
identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y
desamparados. No es casual que aquí, en España, la Iglesia haya unido
durante años la solemnidad del Corpus Christi con el Día de la Caridad.
No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar
nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y
privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la
mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace
constructores de un mundo nuevo.
Por eso, la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no
se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio,
en una invitación para el hoy, para nuestra vida personal, para
nuestras relaciones, para la sociedad, para la construcción del futuro.
En esta perspectiva debe comprenderse la invitación a “recordar” que
hemos escuchado en la primera lectura: «Recuerda todo el camino que el
Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el
desierto»; acuérdate de cómo, cuando tenías hambre, te alimentó con el
maná. Se trata de «recordar» precisamente para no olvidar quién es el
Señor, para no caer en la tentación de confiar en otros ídolos y
alimentarse de un pan que no sacia.
Por tanto, he aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana:
que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un
museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber
también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y
ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y
despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratuidad del amor
que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de
todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia
real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las
situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a
comprometernos personalmente en la construcción del bien común.
Hermanos y hermanas, deseo recordar aquí a san Manuel González, el
obispo de los sagrarios abandonados. Su vida nos recuerda que la
Eucaristía no puede ser honrada sólo en las grandes celebraciones o de
modo ocasional, sino también en la fidelidad silenciosa de quien
acompaña al Señor con una amistad humilde y discreta que se alimenta
día a día. Quisiera recordar también los versos poéticos de san Juan de
la Cruz: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de
noche» (Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe). En la
prisión conventual de Toledo, donde estaba encarcelado en condiciones
durísimas, precisamente en torno al Corpus Christi de 1578, él reconoce
desde la noche de aquella prisión la presencia escondida del Señor, de
la que brota una luz que no conoce ocaso y mana una vida que no se
agota. Jesús Eucaristía es “aquella eterna fuente que está escondida”
fuente que corre y apaga la sed, pero sin deslumbrar, sin imponerse con
poder exterior, sin presentarse de modo espectacular (cf. ibíd.).
Volvamos a Él con amor sincero. Abrámonos al encuentro con Él, dejemos
que hidrate las sequedades de nuestro corazón, para salir después a los
caminos de la vida y de la historia y llevar entre la gente esta
corriente de agua fresca, corriente de amor, de paz, de justicia y de
alegría. Bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos
encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los
hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han
perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero
también nos convierte en protagonistas de la transformación de la
historia y en signo de esperanza para quienes encontramos.
Que el Señor Jesús presente en la Eucaristía os haga pan partido,
entregado y ofrecido, para que una vida plena pueda brotar para
vosotros, para vuestras familias y para vuestro país.
Discurso del Papa León XIV en la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima (Madrid, 6 de junio de 2026)
(1)
Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros
santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como
cristiano?
(2) Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú.
¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?
Durante los años de formación y de ministerio sacerdotal pude conocer
muchas figuras de santidad que acompañan mi caminar. Recuerdo tres
santos en particular.
El primero es san Juan Crisóstomo, que significa “boca de oro”, un
título que este Padre de la Iglesia mereció por su elocuencia. Antes de
su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, estudiaba filosofía.
Después se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura, junto con
otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como
eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y obispo.
Llevando en el corazón la Palabra de Dios, la ofrecía a todos, dando
testimonio con coherencia de la verdad del Evangelio frente a las
herejías de su tiempo. Me han impresionado especialmente sus
espléndidas catequesis, que unen el amor por la verdad y la rectitud de
vida, y su valentía para hablar ante el Emperador, diciendo siempre la
verdad.
El segundo santo es Tomás de Villanueva, un agustino, que fue llamado a
convertirse en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la
Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del
emperador Carlos V. Como obispo de Valencia, emprendió una intensa obra
de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus
hermanos a la perseverancia en la oración, en la castidad y en la
obediencia. Su ardiente caridad me ha alentado en los momentos de
prueba.
El tercer compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también
español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con
gran celo a la evangelización de los indios, estudiando las lenguas
locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso
por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de
su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo,
especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.
Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí
mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII,
27). Es una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a
escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para
vosotros como para los demás.
En cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y obispo, recuerdo
sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas
dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con
las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino
del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era
transformado por el Evangelio, experimentando que la palabra del Señor
lleva paz donde hay conflicto y se convierte, para todos, en fuente de
reconciliación y de justicia.
(3) ¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre
otras muchas voces? (4) ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores,
acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?
Para reconocer la voz de Dios, puede ayudarnos ante todo el silencio,
que favorece la atención y el recogimiento. Cuando buscamos el
silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos
distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que
algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos,
otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las
ideologías pasan, mientras la verdad permanece.
En segundo lugar, tened la certeza de que Dios conoce bien vuestra voz:
Él os escucha y os responderá. Expresad lo que sentís en el corazón.
Dice un salmo: «El que hizo el oído, ¿no va a oír?» (Sal 94,9). Nuestro
discurso interior se convierte en oración, alabanza y súplica cuando es
confiado al único que puede escucharlo. La oración es una voz libre
justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que
estamos preparados o para hacernos sentir importantes. Cuando nosotros
mismos nos convertimos en oración, el Señor nos responde con su Verbo,
que se hizo hombre por nosotros, afirmando que nos ama con todo su ser.
En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios es necesario escuchar su
Palabra viva, que es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que
es su Cuerpo. Él cumple todas las Escrituras, ese testamento antiguo y
nuevo dado a los hombres como promesa de salvación. La adoración
eucarística, que esta noche compartimos, es precisamente el lugar
adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y “estar” nosotros
mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente
en su amor, hecho alimento para la humanidad.
Además, queridos jóvenes, para acompañar a otros a descubrir la belleza
de nuestra fe, recordad que ninguno de nosotros nació siendo maestro y
que, ante el Señor, somos siempre discípulos. Compartid pues, vuestro
camino espiritual, dando testimonio de él con coherencia de vida: la
voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente, sobre todo en la
hora del cansancio. Él camina a nuestro paso e ilumina nuestro camino.
Siguiendo el ejemplo del Maestro: así os invito a actuar, como
pastores, educadores y amigos. Si rezáis con amor, los jóvenes
apreciarán la importancia de la oración. Si ardéis en la fe,
transmitiréis su fuego vivo. Si permanecéis fieles a vuestra vocación,
reflejaréis su gracia atrayente. Educad, por tanto, en el
discernimiento, sabiendo que toda virtud se transmite en un vínculo de
escucha que se convierte en diálogo. Los rostros de esposos y padres
apasionados, de sacerdotes sabios, de religiosos y religiosas
entregados a Dios para servir al prójimo no brillan en una idea, sino
en la santidad de una vida puesta a prueba. La presencia cercana de
Jesús se percibe incluso en nuestras caídas, también cuando nos
convertimos en mano tendida y abrazo fraterno para sostenernos
mutuamente en el camino.
(5) ¿Cómo podemos vivir los jóvenes cristianos comprometidos con esta
sociedad? (6) ¿Cuál es la misión concreta que usted nos pide a los
jóvenes de la Iglesia? A lo largo de los siglos de historia de la
Iglesia, los cristianos hemos vivido en todo tipo de sociedades,
atravesando los cambios de las culturas que hemos compartido y
contribuido a formar. Un texto antiguo, la Carta a Diogneto, nos ofrece
al respecto una hermosa intuición: «los cristianos son en el mundo lo
que el alma es en el cuerpo» (VI). Este es nuestro modo de vivir: los
discípulos de Jesús son siempre contemporáneos, pero nunca prisioneros
del tiempo que pasa. ¡Somos libres en Cristo! Él nos ha liberado con su
amor. Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción
y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la
verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la
muerte. Al contrario, el sentido de la historia culmina en la eterna
comunión de vida que Dios prepara para todos. Desde esta perspectiva,
sobre todo vosotros, jóvenes, estáis llamados a dar una nueva dirección
a la sociedad, convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de
vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la
universidad y en el trabajo. Viéndoos, queridos jóvenes, llenos de este
entusiasmo motivado por la fe, me ilusiona pensar en la capacidad que
tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad
digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio (cf.
Christus vivit, 105; Saludo en el Jubileo de los misioneros digitales,
29 julio 2025).
Os invito, por tanto, a todos, a ser juntos sal de la tierra y luz del
mundo (cf. Mt 5,13). Para vivir así, es necesario ante todo interpretar
la sociedad presente, viviendo con sabiduría, para poder después
transformarla como testigos del Evangelio. El joven cristiano, en
efecto, se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando
sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de
la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza,
el placer o el poder. Esta es nuestra libertad, que tiene su fuente en
la fe, que es capaz de dar luz y buen sabor a toda sociedad, a toda
experiencia humana. En cambio, cuando la vida no sabe a nada, es como
si nos fuera arrebatada: ya no la sentimos nuestra. Ante el vacío de la
indiferencia y del conformismo, ante la violencia de la guerra y de la
mentira, sed vosotros mismos chispa de una humanidad nueva.
La misión que os confío es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí,
¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino
rostros fiables. Personas que buscan la justicia porque tienen hambre
de ella, como del pan de cada día. Personas que desean una vida honesta
y recta, porque gustosamente hacen a los demás lo que querrían que los
demás hicieran con ellas. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre
perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo
tiempo. Cultivando este compromiso, mirad a los Apóstoles, a los
primeros cristianos, habitantes de un mundo pagano. Siguiendo su
ejemplo, sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y
espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un
estilo de vida que se cumple en la caridad (cf. Ga 5,6). Ésta, queridos
jóvenes, es la virtud que cambia la historia más que ninguna otra.
Muchas gracias.
Homilía del Papa León XIV en el Domingo de Resurrección (5 de abril de 2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se
eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo
ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros
resucitamos a una vida nueva!
Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de
la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los
cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la
esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud
de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para
siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!
Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que
nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre,
dentro y fuera.
Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide
alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos
agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los
resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o
cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando
tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al
cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del
que no vemos la salida.
Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos
presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la
opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles.
La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de
dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan
a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos
de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.
En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y
a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en
el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone
en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para
hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto,
en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva
vida que surge. El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través
de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él
entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la
muerte no es el destino último de nuestra vida. Estamos orientados de
una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado
también nosotros hemos resucitado.
Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su
primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la
resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de
vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por
todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una
fuerza imparable. Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera:
vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden.
Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a
brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).
Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza,
recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible
cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el
acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de
la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite
así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y
nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la
muerte, está ahora brotando para la humanidad.
La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un
nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de
Dios sobre el antiguo adversario.
Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados
con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo.
Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos
con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún
se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la
vida.
Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.
Homilía del Papa León XIV en la Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero de 2026) Queridos hermanos y hermanas:
El Evangelio (cf. Mt 2,1-12) nos ha detallado la grandísima alegría de
los magos al ver la estrella (cf. v. 10), pero también la turbación
experimentada por Herodes y por toda Jerusalén ante su búsqueda (cf. v.
3). Cada vez que se trata de las manifestaciones de Dios, la Sagrada
Escritura no esconde este tipo de contrastes: alegría y turbación,
resistencia y obediencia, miedo y deseo.
Celebramos hoy la Epifanía del Señor, conscientes de que ante su
presencia nada sigue como antes. Este es el comienzo de la esperanza.
Dios se revela, y nada puede permanecer estático. Se termina un cierto
tipo de tranquilidad, la que hace repetir a los melancólicos: «No hay
nada nuevo bajo el sol» (Qo 1,9).
Empieza algo de lo que dependen el presente y el futuro, como anuncia
el Profeta: «¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria
del Señor brilla sobre ti!» (Is 60,1).
Sorprende el hecho de que sea precisamente Jerusalén, la ciudad testigo
de tantos nuevos comienzos, la que esté turbada. En su seno, el que
estudia las Escrituras y piensa que tiene todas las respuestas parece
haber perdido la capacidad de hacerse preguntas y de cultivar deseos.
Es más, la ciudad está atemorizada por el que, movido por la esperanza,
llega a ella desde lejos, hasta el punto de considerar como amenaza
aquello que debería, por el contrario, causarle mucha alegría.
Esta reacción también nos interpela a nosotros, como Iglesia. La Puerta
Santa de esta Basílica, que ha sido hoy la última en cerrarse, ha visto
pasar innumerables hombres y mujeres, peregrinos de esperanza, en
camino hacia la Ciudad de las puertas siempre abiertas, la nueva
Jerusalén (cf. Ap 21,25).
¿Quiénes eran y qué les movía? Nos cuestiona con particular seriedad,
al finalizar el Año jubilar, la búsqueda espiritual de nuestros
contemporáneos, mucho más rica de lo que quizá podamos comprender.
Millones de ellos han atravesado el umbral de la Iglesia. ¿Qué es lo
que han encontrado? ¿Qué corazones, qué atención, qué reciprocidad?
Sí, los magos aún existen. Son personas que aceptan el desafío de
arriesgar cada uno su propio viaje; que en un mundo complicado como el
nuestro —en muchos aspectos excluyente y peligroso— sienten la
exigencia de ponerse en camino, en búsqueda.
Homo viator, decían los antiguos. Somos vidas en camino. El Evangelio
lleva a la Iglesia a no temer este dinamismo, sino a valorarlo y a
orientarlo hacia el Dios que lo suscita. Es un Dios que nos puede
desconcertar, porque no podemos asirlo en nuestras manos como a los
ídolos de plata y oro, porque está vivo y vivifica, como ese Niño que
María tenía entre sus brazos y que los magos adoraron.
Lugares santos como las catedrales, las basílicas y los santuarios,
convertidos en meta de peregrinación jubilar, deben difundir el perfume
de la vida, la señal indeleble de que otro mundo ha comenzado.
Preguntémonos: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿Hay espacio para aquello
que nace? ¿Amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino?
En el relato, Herodes teme por su trono, se agita por lo que se le
escapa de su control. Intenta aprovecharse del deseo de los magos
manipulando su búsqueda en beneficio propio. Está listo para mentir,
está dispuesto a todo; el miedo, en efecto, enceguece. La alegría del
Evangelio, en cambio, libera; nos hace prudentes, sí, pero también
audaces, atentos y creativos; sugiere caminos distintos de los ya
recorridos.
Los magos traen a Jerusalén una pregunta sencilla y esencial: «¿Dónde
está el rey de los judíos que acaba de nacer?» (Mt 2,2). Qué importante
es que, el que cruza la puerta de la Iglesia, se percate de que el
Mesías recién ha nacido allí, que allí se reúne una comunidad donde ha
surgido la esperanza, que allí se está realizando una historia de vida.
El Jubileo ha venido a recordarnos que se puede volver a empezar, es
más, que estamos aún en los comienzos, que el Señor quiere crecer entre
nosotros, quiere ser el Dios-con-nosotros. Sí, Dios cuestiona el orden
existente; tiene sueños que inspira también hoy a sus profetas; está
decidido a rescatarnos de antiguas y nuevas esclavitudes; en sus obras
de misericordia, en las maravillas de su justicia, involucra a jóvenes
y ancianos, a pobres y ricos, a hombres y mujeres, a santos y pecadores.
Sin hacer ruido; sin embargo, su Reino ya está brotando en todo el mundo.
¡Cuántas epifanías nos han sido dadas o se nos darán! Pero deben
sustraerse de las intenciones de Herodes, de los miedos siempre al
acecho para transformarse en agresión. «Desde la época de Juan el
Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido
violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo» (Mt 11,12).
Esta misteriosa expresión de Jesús, indicada en el Evangelio de Mateo,
nos hace pensar en los numerosos conflictos con los que los hombres
pueden resistirse e incluso atacar la Novedad que Dios ha reservado
para todos.
Amar la paz, buscar la paz, significa proteger lo que es santo y que
precisamente por eso está naciendo: pequeño, delicado y frágil como un
niño. A nuestro alrededor, una economía deformada intenta sacar
provecho de todo. Lo vemos: el mercado transforma en negocios incluso
la sed humana de buscar, de viajar y de recomenzar.
Preguntémonos: ¿nos ha educado el Jubileo a huir de este tipo de
eficiencia que reduce cualquier cosa a producto y al ser humano a
consumidor? Después de este año, ¿seremos más capaces de reconocer en
el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el
lejano a un vecino, en el diferente a un compañero de viaje?
El modo en el que Jesús salió al encuentro de todos y dejó que todos se
le acercaran nos enseña a valorar el secreto de los corazones que sólo
Él sabe leer. Con él aprendemos a captar los signos de los tiempos (cf.
CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 4). Nadie puede
vendernos esto. El Niño que los magos adoran es un Bien que no tiene
precio ni medida. Es la Epifanía de la gratuidad.
No nos espera en los lugares prestigiosos, sino en las realidades
humildes. «Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor
entre las principales ciudades de Judá» (Mt 2,6). Cuántas ciudades,
cuántas comunidades necesitan que se les diga: “Ciertamente no eres la
menor”. Sí, ¡el Señor nos sigue sorprendiendo!
Se deja encontrar. Sus caminos no son nuestros caminos, y los violentos
no consiguen dominarlos, ni los poderes del mundo los pueden obstruir.
Aquí reside la grandísima alegría de los magos, que dejan atrás el
palacio y el templo para ir hacia Belén; ¡y es entonces cuando vuelven
a ver la estrella!
Por eso, queridos hermanos y hermanas, es hermoso convertirse en
peregrinos de esperanza. Y es hermoso seguir siéndolo, juntos. La
fidelidad de Dios siempre nos sorprenderá. Si no reducimos nuestras
iglesias a monumentos, si nuestras comunidades se convierten en
hogares, si rechazamos unidos los halagos de los poderosos, entonces
seremos la generación de la aurora. María, Estrella de la mañana,
caminará siempre delante de nosotros.
En su Hijo contemplaremos y serviremos a una humanidad magnífica,
transformada no por delirios de omnipotencia, sino por el Dios que se
hizo carne por amor.
Catequesis del Papa León XIV (17 de septiembre de 2025) Queridos hermanos y hermanas:
En nuestro camino de las catequesis sobre Jesús esperanza nuestra, hoy
contemplamos el misterio del Sábado Santo. El Hijo de Dios yace en la
tumba. Pero esta su “ausencia” no es un vacío: es espera, plenitud
contenida, promesa custodiada en la oscuridad. Es el día del gran
silencio, en el que el cielo parece mudo y la tierra inmóvil, pero es
justamente allí que se cumple el misterio más profundo de la fe
cristiana. Es un silencio grávido de sentido, como el vientre de una
madre que custodia al hijo todavía no nacido, pero ya vivo.
El cuerpo de Jesús, bajado de la cruz, fue envuelto con cuidado, como
se hace con aquello que es valioso. El evangelista Juan nos dice que
fue sepultado en un jardín, dentro “una tumba nueva, en la que todavía
nadie había sido sepultado” (Jn 19,41). Nada es dejado a la casualidad.
Aquel jardín recuerda el Edén perdido, el lugar en el que Dios y el
hombre estaban unidos. Y aquella tumba nunca antes usada habla de algo
que todavía debe suceder: es un umbral, no un final. En el inicio de la
creación Dios había plantado un jardín, ahora también la nueva creación
toma forma en un jardín: con una tumba cerrada que pronto se abrirá.
El Sábado Santo es también un día de descanso. Según la ley judía, el
séptimo día no se debe trabajar: de hecho, luego de seis días de
creación, Dios descansó (cfr Gen 2,2). Ahora, también el Hijo, luego de
haber completado su obra de salvación, descansa. No porque está
cansado, sino porque ha concluido su trabajo. No porque se ha rendido,
sino porque ha amado hasta el final. No hay nada más que agregar. Este
descanso es el sello de la obra cumplida, es la confirmación de aquello
que tenía que hacerse y que ha sido completado. Es un descanso lleno de
la presencia oculta del Señor.
Fatigamos en detenernos y descansar. Vivimos como si la vida nunca
fuese suficiente. Corremos por producir, por demostrar, por no perder
terreno. Pero el Evangelio nos enseña que saber detenerse es un gesto
de confianza que tenemos que aprender a cumplir. El Sábado Santo nos
invita a descubrir que la vida no depende siempre de aquello que
hacemos, sino también de cómo sabemos desistir de cuanto hemos podido
hacer.
En el sepulcro, Jesús, la Palabra viviente del Padre, calla. Pero es
justamente en aquel silencio que la vida nueva inicia a fermentar. Como
una semilla en la tierra, como la oscuridad antes del amanecer. Dios no
tiene miedo del tiempo que pasa, porque es Señor también de la espera.
Así, también nuestro tiempo “inútil”, aquel de las pausas, de los
vacíos, de los momentos estériles, puede convertirse en vientre de
resurrección. Todo silencio acogido puede ser la premisa de una Palabra
nueva. Todo tiempo detenido puede convertirse en tiempo de gracia, si
lo ofrecemos a Dios.
Jesús, sepultado en la tierra, es el rostro manso de un Dios que no
ocupa todo el espacio. Es el Dios que deja hacer, que espera, que se
retira para dejarnos la libertad. Es el Dios que se fía, también cuando
todo parece terminado. Y nosotros, en ese sábado detenido, aprendemos
que no tenemos que tener prisa de resurgir: primero es necesario
descansar, acoger el silencio, dejarse abrazar por el límite. A veces
buscamos respuestas rápidas, soluciones inmediatas. Pero Dios trabaja
en lo profundo, en el tiempo lento de la confianza. El sábado de la
sepultura se convierte así en las entrañas de las que pueden brotar las
fuerzas de una luz invencible, aquella de la Pascua.
Queridos amigos, la esperanza cristiana no nace en el ruido, sino en el
silencio de una espera habitada por el amor. No es hija de la euforia,
sino de un confiado abandono. Nos lo enseña la Virgen María: ella
encarna esta espera, esta esperanza, esta confianza. Cuando nos parezca
que todo está detenido, que la vida es un camino interrumpido,
acordémonos del Sábado Santo. También en la tumba, Dios está preparando
la sorpresa más grande. Y si sabemos acoger con gratitud aquello
acontecido, descubriremos que, justamente en la pequeñez, y en el
silencio, Dios ama transfigurar la realidad haciendo nuevas todas las
cosas con la fidelidad de su amor. La verdadera alegría nace de la
espera habitada, de la fe paciente, de la esperanza que cuanto ha
vivido en el amor, ciertamente, resurgirá a la vida eterna.
Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa de Canonización de Carlo Acutis y Pier Giorgio Frassati (7 de septiembre de 2025) Queridos hermanos y hermanas:
En la primera lectura hemos escuchado una pregunta: "Señor, ¿y
quién habría conocido tu voluntad si tú mismo no hubieras dado la
Sabiduría y enviado desde lo alto tu santo espíritu?" (Sab 9,17).
La hemos oído después de que dos jóvenes beatos, Pier Giorgio Frassati
y Carlo Acutis, fueran proclamados santos, y eso es providencial.
En el libro de la Sabiduría, esta pregunta está atribuida
precisamente a un joven como ellos: el rey Salomón. Cuando murió David,
su padre, él se dio cuenta de que disponía de muchas cosas: el
poder, la riqueza, la salud, la juventud, la belleza, el reino.
Pero esta gran abundancia de medios le había hecho surgir una pregunta
en su corazón: “¿Qué debo hacer para que nada se pierda?”.
Y había entendido que el único camino para encontrar una
respuesta era pedir a Dios un don aún mayor: su Sabiduría, para poder
conocer sus proyectos y adherirse a ellos fielmente. Se dio
cuenta, en efecto, que de ese modo todas las cosas encontrarían su
lugar en el gran designio del Señor. Sí, porque el riesgo más
grande de la vida es desaprovecharla fuera del proyecto de Dios.
También Jesús, en el Evangelio, nos habla de un proyecto al que
adherirse hasta el final. Dice: "El que no carga con su cruz y me
sigue, no puede ser mi discípulo" (Lc 14,27); y agrega:
"cualquiera de vosotros que no renuncie a todo lo que posee, no
puede ser mi discípulo" (v. 33). Es decir, nos llama a lanzarnos
sin vacilar a la aventura que Él nos propone, con la inteligencia y la
fuerza que vienen de su Espíritu y que podemos acoger en la
medida en que nos despojamos de nosotros mismos, de las cosas y
de las ideas a las que estamos apegados, para ponernos a la escucha de
su palabra.
Muchos jóvenes, a lo largo de los siglos, tuvieron que afrontar este
momento decisivo de la vida. Pensemos en san Francisco de Asís:
como Salomón, también él era joven y rico, y estaba sediento de
gloria y de fama. Por eso partió a la guerra, esperando ser nombrado
“caballero” y revestirse de honores. Pero Jesús se le apareció en
el camino y le hizo reflexionar sobre lo que estaba haciendo.
Vuelto en sí, dirigió a Dios una pregunta sencilla: "Señor, ¿qué
quieres que haga?".[1] Y a partir de allí, volviendo sobre sus
pasos, comenzó a escribir una historia diferente: la maravillosa
historia de santidad que todos conocemos, despojándose de todo para
seguir al Señor (cf. Lc 14,33), viviendo en pobreza y prefiriendo
el amor a los hermanos, especialmente a los más débiles y
pequeños, al oro, a la plata y a las telas preciosas de su padre.
¡Y cuántos otros santos y santas podríamos recordar! A veces nosotros
los representamos como grandes personajes, olvidando que para
ellos todo comenzó cuando, aún jóvenes, respondieron “sí” a Dios
y se entregaron a Él plenamente, sin guardar nada para sí. A este
respecto, san Agustín cuenta que, en el "nudo tortuosísimo y
enredadísimo" de su vida, una voz, en lo profundo, le decía:
"Sólo a ti quiero". Y, de esa manera, Dios le dio una nueva dirección,
un nuevo camino, una nueva lógica, donde nada de su existencia
estuvo perdido.
En este marco, contemplamos hoy a san Pier Giorgio Frassati y a san
Carlo Acutis: un joven de principios del siglo XX y un
adolescente de nuestros días, ambos enamorados de Jesús y
dispuestos a dar todo por Él.
Pier Giorgio encontró al Señor por medio de la escuela y los grupos eclesiales —la Acción Católica, las Conferencias de San Vicente de Paúl,
la F.U.C.I. (Federación Universitaria Católica Italiana), la
Orden Tercera de Santo Domingo— y dio testimonio de ello a través de su
alegría de vivir y de ser cristiano en la oración, en la amistad
y en la caridad. Hasta el punto de que, a fuerza de verlo
recorrer las calles de Turín con carritos repletos de ayuda para los
pobres, sus amigos lo llamaban “Empresa de Transportes Frassati”.
También hoy, la vida de Pier Giorgio representa una luz para la
espiritualidad laical. Para él, la fe no fue una devoción privada;
impulsado por la fuerza del Evangelio y la pertenencia a
asociaciones eclesiales, se comprometió generosamente en la
sociedad, dio su contribución en la vida política, se desgastó
con ardor al servicio de los pobres.
Carlo, por su parte, encontró a Jesús en su familia, gracias a sus
padres, Andrés y Antonia — presentes hoy aquí con sus dos hermanos,
Francesca y Michele— y después en la escuela, también él, y sobre
todo en los sacramentos, celebrados en la comunidad parroquial. De ese
modo, creció integrando naturalmente en sus jornadas de niño y de
adolescente la oración, el deporte, el estudio y la caridad.
Ambos, Pier Giorgio y Carlo, cultivaron el amor a Dios y a los hermanos
a través de medios sencillos, al alcance de todos: la Santa Misa
diaria, la oración, y especialmente la adoración eucarística.
Carlo decía: "Cuando nos ponemos frente al sol, nos bronceamos. Cuando
nos ponemos ante Jesús en la Eucaristía, nos convertimos en
santos", y también: "La tristeza es dirigir la mirada hacia uno
mismo, la felicidad es dirigir la mirada hacia Dios. La conversión no
es otra cosa que desviar la mirada desde abajo hacia lo alto.
Basta un simple movimiento de ojos".
Otra cosa esencial para ellos era la confesión frecuente. Carlo
escribió: "A lo único que debemos temer realmente es al pecado";
y se maravillaba porque —son palabras suyas— "los hombres se preocupan
mucho por la belleza del propio cuerpo y no se preocupan, en cambio,
por la belleza de su propia alma". Ambos, además, tenían una gran
devoción por los santos y por la Virgen María, y practicaban
generosamente la caridad. Pier Giorgio decía: "Alrededor de los
pobres y los enfermos veo una luz que nosotros no tenemos".
Llamaba a la caridad “el fundamento de nuestra religión” y, como Carlo,
la ejercitaba sobre todo por medio de pequeños gestos concretos,
a menudo escondidos, viviendo lo que el Papa Francisco ha llamado
"la santidad “de la puerta de al lado”" (Exhort. ap. Gaudete et
exsultate, 7).
Incluso cuando los aquejó la enfermedad y esta fue deteriorando sus
jóvenes vidas, ni siquiera eso los detuvo ni les impidió amar,
ofrecerse a Dios, bendecirlo y pedirle por ellos y por todos. Un día
Pier Giorgio dijo: "El día de mi muerte será el día más bello de
mi vida";[4] y en su última foto, que lo retrata mientras
escalaba una montaña de Val di Lanzo, con el rostro dirigido a la meta,
había escrito: "Hacia lo alto".[5] Por otra parte, a Carlo,
siendo aún más joven, le gustaba decir que el cielo nos espera
desde siempre, y que amar el mañana es dar hoy nuestro mejor fruto.
Queridos amigos, los santos Pier Giorgio Frassati y Carlo Acutis son
una invitación para todos nosotros, sobre todo para los jóvenes,
a no malgastar la vida, sino a orientarla hacia lo alto y hacer
de ella una obra maestra. Nos animan con sus palabras: “No yo,
sino Dios”, decía Carlo. Y Pier Giorgio: “Si tienes a Dios como
centro de todas tus acciones, entonces llegarás hasta el final”. Esta
es la fórmula, sencilla pero segura, de su santidad. Y es también
el testimonio que estamos llamados a imitar para disfrutar la
vida al máximo e ir al encuentro del Señor en la fiesta del cielo.
Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa de clausura del Jubileo de los jóvenes (3 de agosto de 2025)
Queridos jóvenes:
Después de la Vigilia que vivimos juntos ayer por la tarde, volvemos a
encontrarnos hoy para celebrar la Eucaristía, Sacramento del don total
de sí que el Señor ha hecho por nosotros. Podemos imaginar que
recorremos, en esta experiencia, el camino realizado la tarde de Pascua
por los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Primero se alejaban de
Jerusalén atemorizados y desilusionados; se iban convencidos de que,
después de la muerte de Jesús, ya no había nada más que hacer, nada que
esperar. Y, en cambio, se encontraron precisamente con Él, lo acogieron
como compañero de viaje, lo escucharon mientras les explicaba las
Escrituras, y finalmente lo reconocieron al partir el pan. Entonces,
sus ojos se abrieron y el gozoso anuncio de la Pascua encontró lugar en
sus corazones.
La liturgia de hoy no nos habla directamente de este episodio, pero nos
ayuda a reflexionar sobre aquello que allí se narra: el encuentro con
el Cristo resucitado que cambia nuestra existencia, que ilumina
nuestros afectos, deseos y pensamientos.
La primera lectura, del Libro de Qohélet, nos invita a tomar contacto,
como los dos discípulos de los que hemos hablado, con la experiencia de
nuestros límites, de la finitud de las cosas que pasan (cf. Qo
1,2;2,21-23); y el Salmo responsorial, que le hace eco, nos propone la
imagen de «la hierba que brota de mañana: por la mañana brota y
florece, y por la tarde se seca y se marchita» (Sal 90,5-6). Son dos
referencias fuertes, quizá un poco impactantes, pero que no deben
asustarnos, como si fueran argumentos “tabú”, que se deben evitar. La
fragilidad de la que hablan, en efecto, forma parte de la maravilla que
somos. Pensemos en el símbolo de la hierba: ¿no es hermosísimo un prado
florecido? Ciertamente, es delicado, hecho con tallos delgados,
vulnerables, propensos a secarse, doblarse, quebrarse; pero, al mismo
tiempo, son reemplazados rápidamente por otros que florecen después de
ellos; y los primeros se vuelven generosamente para estos alimento y
abono, al consumirse en el terreno. Así vive el campo, renovándose
continuamente, e incluso durante los meses fríos del invierno, cuando
todo parece callar, su energía vibra bajo tierra y se prepara para
explotar en miles de colores durante la primavera.
También nosotros, queridos amigos, somos así; hemos sido hechos para
esto. No para una vida donde todo es firme y seguro, sino para una
existencia que se regenera constantemente en el don, en el amor. Y por
eso aspiramos continuamente a un “más” que ninguna realidad creada nos
puede dar; sentimos una sed tan grande y abrasadora, que ninguna bebida
de este mundo puede saciar. No engañemos nuestro corazón ante esta sed,
buscando satisfacerla con sucedáneos ineficaces. Más bien,
escuchémosla. Hagámonos de ella un taburete para subir y asomarnos,
como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios. Nos
encontraremos ante Él, que nos espera; más bien, que llama amablemente
a la puerta de nuestra alma (cf. Ap 3,20). Y es hermoso, también con
veinte años, abrirle de par en par el corazón, permitirle entrar, para
después aventurarnos con Él hacia espacios eternos del infinito.
San Agustín, hablando de su intensa búsqueda de Dios, se preguntaba:
«¿Qué es, entonces, esa cosa tan esperada […]? ¿La tierra? No. ¿Algo
que se origina en la tierra, como el oro, la plata, el árbol, la mies,
el agua? […] Todas estas cosas causan deleite, son hermosas, son
buenas» (Sermón 313/F, 3). Y concluía: «Busca a quien las hizo: él es
tu esperanza» (ibíd.). Pensando, luego, en el camino que había
recorrido, rezaba diciendo: «Y he aquí que tú [Señor] estabas dentro de
mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando […]. Llamaste y clamaste,
y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi
ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté
de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz»
(Confesiones, 10, 27).
Hermanas y hermanos, son palabras muy hermosas, que nos recuerdan lo
que decía el Papa Francisco en Lisboa, durante la Jornada Mundial de la
Juventud, a otros jóvenes como ustedes: «Cada uno está llamado a
confrontarse con grandes preguntas que no tienen […] una respuesta
simplista o inmediata, sino que invitan a emprender un viaje, a
superarse a sí mismos, a ir más allá […], a un despegue sin el cual no
hay vuelo.No nos alarmemos, entonces, si nos encontramos interiormente
sedientos, inquietos, incompletos, deseosos de sentido y de futuro […].
¡No estamos enfermos, estamos vivos!» (Discurso en el encuentro con los
jóvenes universitarios, 3 agosto 2023).
Hay una inquietud importante en nuestro corazón, una necesidad de
verdad que no podemos ignorar, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es
realmente la felicidad? ¿Cuál es el verdadero sabor de la vida? ¿Qué es
lo que nos libera de los pantanos del sinsentido, del aburrimiento y de
la mediocridad?
Durante los días pasados ustedes han tenido muchas experiencias
hermosas. Se han encontrado entre coetáneos provenientes de diferentes
partes del mundo, pertenecientes a culturas distintas. Han
intercambiado conocimientos, han compartido expectativas, han dialogado
con la ciudad a través del arte, la música, la informática y el
deporte. Después, en el Circo Máximo, acercándose al Sacramento de la
Penitencia, han recibido el perdón de Dios y le han pedido su ayuda
para una vida buena.
De todo esto se puede deducir una respuesta importante: la plenitud de
nuestra existencia no depende de lo que acumulamos ni de lo que
poseemos, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Lc 12,13-21); más
bien, está unida a aquello que sabemos acoger y compartir con alegría
(cf. Mt 10,8-10; Jn 6,1-13). Comprar, acumular, consumir no es
suficiente. Necesitamos alzar los ojos, mirar a lo alto, a las «cosas
celestiales» (Col 3,2), para darnos cuenta de que todo tiene sentido,
entre las realidades del mundo, sólo en la medida en que sirve para
unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad, haciendo crecer en
nosotros “sentimientos de profunda compasión, de benevolencia, de
humildad, de dulzura, de paciencia” (cf. Col 3,12), de perdón (cf.
ibíd., v. 13) y de paz (cf. Jn 14,27), como los de Cristo (cf. Flp
2,5). Y en este horizonte comprenderemos cada vez mejor lo que
significa que «la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que
nos ha sido dado» (Rm 5,5).
Muy queridos jóvenes, nuestra esperanza es Jesús. Es Él, como decía san
Juan Pablo II, «el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra
vida algo grande, […] para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad,
haciéndola más humana y fraterna» (XV Jornada Mundial de la Juventud,
Vigilia de oración, 19 agosto 2000). Mantengámonos unidos a Él,
permanezcamos en su amistad, siempre, cultivándola con la oración, la
adoración, la comunión eucarística, la confesión frecuente, la caridad
generosa, como nos han enseñado los beatos Pier Giorgio Frassati y
Carlo Acutis, que próximamente serán proclamados santos. Aspiren a
cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con
menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes
mismos y a su alrededor.
Los encomiendo a María, la Virgen de la esperanza. Con su ayuda, al
regresar a sus países en los próximos días, en cada parte del mundo,
sigan caminando con alegría tras las huellas del Salvador, y contagien
a los que encuentren con el entusiasmo y el testimonio de su fe. ¡Buen
camino!
Saludo del Papa León XIV a influencers y misioneros digitales (29 de julio de 2025)
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Queridos hermanos y hermanas, hemos comenzado con este saludo: La paz esté con ustedes.
Y cuánto necesitamos la paz en nuestro tiempo, desgarrado por la
enemistad y las guerras. Y cuánto nos llama hoy al testimonio el saludo
del Resucitado: «La paz esté con ustedes» (Jn 20,19). La paz esté con
todos nosotros. En nuestros corazones y en nuestras acciones.
Esta es la misión de la Iglesia: anunciar la paz al mundo. La paz que
viene del Señor, que venció a la muerte, que nos trae el perdón de
Dios, que nos da la vida del Padre, que nos indica el camino del Amor.
1. Es la misión que la Iglesia les confía hoy también a ustedes, que
están aquí en Roma para su Jubileo, que han venido a renovar el
compromiso de alimentar con esperanza cristiana las redes sociales y
los entornos digitales. La paz necesita ser buscada, anunciada,
compartida en todos los lugares; tanto en los dramáticos escenarios de
guerra, como en los corazones vacíos de quienes han perdido el sentido
de la existencia y el gusto por la interioridad, el gusto por la vida
espiritual. Y hoy, quizás más que nunca, necesitamos discípulos
misioneros que lleven al mundo el don del Resucitado; que den voz a la
esperanza que nos da Jesús vivo, hasta los confines de la tierra (cf.
Hch 1,3-8); que lleguen a dondequiera que haya un corazón que espera,
un corazón que busca, un corazón que necesita. Sí, hasta los confines
de la tierra, hasta los confines existenciales donde no hay esperanza.
2. Hay un segundo reto en esta misión: buscar siempre la “carne
sufriente de Cristo” en cada hermano y hermana con los que nos
encontramos en internet. Hoy nos encontramos en una nueva cultura,
profundamente caracterizada y formada por la tecnología. Depende de
nosotros, depende de cada uno de ustedes, garantizar que esta cultura
siga siendo humana.
La ciencia y la tecnología influyen en la forma en que nosotros vivimos
en el mundo, afectando incluso al modo de entendernos a nosotros
mismos, de relacionarnos con Dios y los unos con los otros. Pero nada
de lo que proviene del hombre y su creatividad debe utilizarse para
socavar la dignidad de los demás. Nuestra misión, la misión de ustedes,
es nutrir una cultura de humanismo cristiano, y hacerlo juntos. Esta es
la belleza de la “red” para todos nosotros.
Frente a los cambios culturales a lo largo de la historia, la Iglesia
nunca se ha mantenido pasiva; siempre ha tratado de iluminar cada época
con la luz y la esperanza de Cristo, discerniendo el bien del mal y lo
que era bueno de lo que debía cambiarse, transformarse y purificarse.
Hoy nos encontramos en una cultura en la que la dimensión tecnológica
está presente en casi todo, especialmente ahora que la adopción
generalizada de la inteligencia artificial marcará una nueva era en la
vida de las personas y de la sociedad en su conjunto. Este es un
desafío que debemos afrontar: reflexionar sobre la autenticidad de
nuestro testimonio, sobre nuestra capacidad de escuchar y hablar, y
sobre nuestra capacidad de comprender y ser comprendidos. Tenemos el
deber de trabajar juntos para desarrollar una forma de pensar y un
lenguaje de nuestro tiempo que dé voz al Amor.
No se trata simplemente de generar contenido, sino de crear un
encuentro entre corazones. Esto implicará buscar a los que sufren, a
los que necesitan conocer al Señor, para que puedan sanar sus heridas,
volver a levantarse y encontrar sentido a sus vidas. Este proceso
comienza, antes que nada, con la aceptación de nuestra propia pobreza,
dejando de lado toda pretensión y reconociendo nuestra innata necesidad
del Evangelio. Y este proceso es un reto de la comunidad.
3. Y esto nos lleva a un tercer llamado y por eso les hago un llamado a
todos ustedes: “que vayan a reparar las redes”. Jesús llamó a sus
primeros apóstoles mientras reparaban sus redes de pescadores (cf. Mt
4,21-22). También lo pide a nosotros, es más, nos pide hoy construir
otras redes: redes de relaciones, redes de amor, redes de intercambio
gratuito, en las que la amistad sea auténtica y sea profunda. Redes
donde se pueda reparar lo que ha sido roto, donde se pueda poner
remedio a la soledad, sin importar el número de los seguidores —los
follower—, sino experimentando en cada encuentro la grandeza infinita
del Amor. Redes que abran espacio al otro, más que a sí mismos, donde
ninguna “burbuja de filtros” pueda apagar la voz de los más débiles.
Redes que liberen, redes que salven. Redes que nos hagan redescubrir la
belleza de mirarnos a los ojos. Redes de verdad. De este modo, cada
historia de bien compartido será el nudo de una única e inmensa red: la
red de redes, la red de Dios.
Sean entonces ustedes agentes de comunión, capaces de romper la lógica
de la división y de la polarización; del individualismo y del
egocentrismo. Céntrense en Cristo, para vencer la lógica del mundo, de
las fake news y de la frivolidad, con la belleza y la luz de la verdad
(cf. Jn 8,31-32).
Y ahora, antes de despedirme con la bendición, encomendando al Señor el
testimonio de todos ustedes, quiero darles las gracias por todo el bien
que han hecho y hacen en sus vidas, por los sueños que persiguen, por
su amor al Señor Jesús, por su amor a la Iglesia, por la ayuda que
prestan a los que sufren y por su camino en las vías digitales.
Diálogo del Papa León XIV con los jóvenes en la vigilia del Jubileo (2 de agosto de 2025)
Pregunta 1 – Amistad
Santo Padre, soy Dulce María, tengo 23 años y vengo de México. Me
dirijo a usted haciéndome portavoz de una realidad que vivimos los
jóvenes en tantas partes del mundo. Somos hijos de nuestro tiempo.
Vivimos en una cultura que nos pertenece y que, sin darnos cuenta, nos
va moldeando; está marcada por la tecnología, especialmente en el
ámbito de las redes sociales. Frecuentemente, nos ilusionamos de tener
muchos amigos y de crear relaciones cercanas, mientras que cada vez más
seguido experimentamos diversas formas de soledad. Estamos cerca y
conectados con tantas personas y, sin embargo, no son relaciones
verdaderas y duraderas, sino efímeras y comúnmente ilusorias.
Santo Padre, mi pregunta es: ¿cómo podemos encontrar una amistad
sincera y un amor genuino que nos lleven a la verdadera esperanza?
¿Cómo la fe puede ayudarnos a construir nuestro futuro?
Queridos jóvenes, las relaciones humanas, nuestras relaciones con otras
personas son indispensables para cada uno de nosotros, empezando por el
hecho de que todos los hombres y mujeres del mundo nacen como hijos de
alguien. Nuestra vida comienza con un vínculo y es a través de los
vínculos que crecemos. En este proceso, la cultura juega un papel
fundamental: es el código con el que nos entendemos a nosotros mismos e
interpretamos el mundo. Como un diccionario, cada cultura contiene
tanto palabras nobles como palabras vulgares, valores y errores que hay
que aprender a reconocer. Buscando con pasión la verdad, no sólo
recibimos una cultura, sino que la transformamos a través de elecciones
de vida. La verdad, en efecto, es un vínculo que une las palabras a las
cosas, los nombres a los rostros. La mentira, en cambio, separa estos
aspectos, generando confusión y malentendidos.
Ahora, entre las muchas conexiones culturales que caracterizan nuestra
vida, internet y las redes sociales se han convertido en «una
extraordinaria oportunidad de diálogo, encuentro e intercambio entre
personas, así como de acceso a la información y al conocimiento» (Papa
Francisco, Christus vivit, 87). Sin embargo, estos instrumentos
resultan ambiguos cuando están dominados por lógicas comerciales e
intereses que rompen nuestras relaciones en mil intermitencias. A este
respecto, el Papa Francisco recordaba que a veces los «mecanismos de la
comunicación, de la publicidad y de las redes sociales pueden ser
utilizados para volvernos seres adormecidos, dependientes del consumo»
(Christus vivit, 105). Entonces nuestras relaciones se vuelven
confusas, ansiosas o inestables. Además, como saben hoy en día hay
algoritmos que nos dicen lo que tenemos que ver, lo que tenemos que
pensar, y quieres deberían ser nuestros amigos. Y entonces nuestras
relaciones se vuelven confusas, a veces ansiosas. Es que cuando el
instrumento domina al hombre, el hombre se convierte en un instrumento:
sí, un instrumento de mercado y a su vez en mercancía. Sólo relaciones
sinceras y lazos estables hacen crecer historias de vida buena.
Queridos jóvenes, toda persona desea naturalmente esta vida buena, como
los pulmones tienden al aire, ¡pero cuán difícil es encontrarla! Cuán
difícil es encontrar una amistad auténtica. Hace siglos, san Agustín
captó el profundo deseo de nuestro corazón, es el deseo de todo corazón
humano, aun sin conocer el desarrollo tecnológico de hoy. También él
pasó por una juventud tempestuosa; pero no se conformó, no silenció el
clamor de su corazón. Agustín buscaba la verdad, la verdad que no
defrauda, la belleza que no pasa. Y ¿cómo la encontró? ¿Cómo encontró
una amistad sincera, un amor capaz de dar esperanza? Encontrando a
quien ya lo estaba buscando, encontrando a Jesucristo. ¿Cómo construyó
su futuro? Siguiéndolo a Él, su amigo desde siempre. En palabras suyas:
“Ninguna amistad es fiel sino en Cristo”. San Agustín nos dice: “No hay
amistad que sea fiel si no es en Cristo”. Y la verdadera amistad es
siempre en Jesucristo con verdad, amor y respeto. “Y sólo en Él puede
ser feliz y eterna” (cf. Réplica a las dos cartas de los pelagianos, I,
I, 1); «Ama verdaderamente al amigo quien ama a Dios en el amigo»
(Sermón 336, 2), nos dice san Agustín. La amistad con Cristo, que está
en la base de la fe, no es sólo una ayuda entre muchas otras para
construir el futuro, es nuestra estrella polar. Como escribía el beato
Pier Giorgio Frassati, «vivir sin fe, sin un patrimonio que defender,
sin sostener una lucha por la Verdad no es vivir, sino ir tirando»
(Cartas, 27 de febrero de 1925). Cuando nuestras amistades reflejan
este intenso vínculo con Jesús, ciertamente se vuelven sinceras,
generosas y verdaderas.
Queridos jóvenes, ámense los unos a los otros. Ámense en Cristo. Sepan
ver a Jesús en los demás. La amistad puede cambiar verdaderamente el
mundo. La amistad es el camino por la paz. La amistad es el camino por
la paz.
Pregunta 2 – El valor de decidir
Santo Padre, me llamo Gaia, tengo diecinueve años y soy italiana. Esta
noche todos los jóvenes aquí presentes quisiéramos hablar de nuestros
sueños, esperanzas y dudas. Nuestros años están marcados por las
decisiones importantes que estamos llamados a tomar para orientar
nuestra vida futura. Sin embargo, por el clima de incertidumbre que nos
circunda, la tentación de ir posponiendo tales decisiones y el miedo a
un futuro desconocido nos paraliza. Sabemos que optar equivale a
renunciar a algo y esto nos bloquea, a pesar de ello percibimos que la
esperanza nos muestra objetivos alcanzables por más que estén marcados
por la precariedad del tiempo actual.
Santo Padre, le preguntamos: ¿dónde podemos encontrar el valor para
decidir? ¿Cómo podemos ser valientes y vivir la aventura de la libertad
viva, tomando decisiones radicales y cargadas de significado?
Gracias por esta pregunta. La pregunta es ¿cómo encontrar la valentía
de escoger? ¿Dónde podemos encontrar el valor para elegir y tomar
decisiones acertadas? La decisión es un acto humano fundamental.
Observándolo con atención, entendemos que no se trata sólo de elegir
algo, sino de optar por alguien. Cuando elegimos, en sentido profundo,
decidimos qué queremos llegar a ser. La opción por excelencia, en
efecto, es la decisión sobre nuestra vida: ¿qué tipo de hombre quieres
ser?, ¿qué clase de mujer quieres ser? Queridos jóvenes, se aprende a
elegir a través de las pruebas de la vida, y en primer lugar recordando
que nosotros hemos sido elegidos. Este recuerdo debe explorarse y
educarse. Hemos recibido la vida gratis, sin elegirla. No somos fruto
de nuestra decisión, sino de un amor que nos ha querido. En el curso de
la existencia, se demuestra verdaderamente amigo quien nos ayuda a
reconocer y renovar esta gracia en las decisiones que estamos llamados
a tomar.
Queridos jóvenes, es cierto lo que han dicho: “optar equivale también a
renunciar a algo y esto a veces nos bloquea”. Para ser libres, es
necesario partir de un fundamento estable, de la roca que sostiene
nuestros pasos. Esta roca es un amor que nos precede, nos sorprende y
nos supera infinitamente: el amor de Dios. Por eso, ante Él la decisión
es un juicio que no nos quita ningún bien, sino que siempre nos lleva a
lo mejor.
La valentía de elegir surge del amor que Dios nos manifiesta en Cristo.
Él es quien nos ha amado con todo su ser salvando el mundo y
mostrándonos así que el camino para realizarnos como personas es dar la
vida. Por eso, el encuentro con Jesús corresponde a las esperanzas más
profundas de nuestro corazón, porque Jesús es el Amor de Dios hecho
hombre.
A este respecto, hace veinticinco años, precisamente en el lugar donde
nos encontramos, san Juan Pablo II dijo: «es a Jesús a quien buscáis
cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os
satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os
atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os
permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar
las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las
decisiones más auténticas que otros querrían sofocar» (Vigilia de
oración en la XV Jornada Mundial de la Juventud, 19 agosto 2000). El
miedo deja entonces espacio a la esperanza, porque estamos seguros de
que Dios lleva a término lo que comienza.
Reconozcamos su fidelidad en las palabras de quien ama de verdad,
porque ha sido realmente amado. “Tú eres mi vida, Señor”, es lo que un
sacerdote o una consagrada pronuncian llenos de alegría y de libertad.
“Tú eres mi vida, Señor”. “Te recibo como mi esposa y como mi esposo”
es la frase que transforma el amor del hombre y de la mujer en un signo
eficaz del amor de Dios en el matrimonio. Estas opciones radicales,
opciones llenas de significado: el matrimonio, el orden sagrado, la
consagración religiosa, expresan el don de uno mismo, libre y
liberador, que nos hace auténticamente felices. Y ahí encontramos la
felicidad, cuando aprendemos a darnos a nosotros mismos. A dar la vida
por los demás.
Estas decisiones dan sentido a nuestra vida, transformándola según la
imagen del Amor perfecto, que la ha creado y redimido de todo mal,
incluso de la muerte. Digo esto esta noche pensando en las dos chicas,
María, de veinte años, española, y Pascale, de dieciocho, egipcia.
Ambas habían decidido venir a Roma para el Jubileo de los Jóvenes, y en
estos días les ha llegado la muerte. Recemos juntos por ellas; recemos
también por sus familiares, sus amigos y sus comunidades. Jesús
Resucitado las acoja en la paz y en la alegría de su reino. Y quisiera
pedirles sus oraciones por otro amigo; un muchacho español, Ignacio
Gonzálvez, que ha sido ingresado en el hospital “Bambino Gesù”. Recemos
por él, por su salud.
Encontrar el valor de tomar decisiones difíciles y de decir al Jesús:
“Tú eres mi vida, Señor”. “Señor, tú eres mi vida”. Gracias.
Pregunta 3 – Llamada al bien
Santo Padre, me llamo Will. Tengo veinte años y soy de los Estados
Unidos. Me gustaría hacerle una pregunta en nombre de tantos jóvenes
que anhelan, en sus corazones, algo más profundo. Nos sentimos atraídos
por la vida interior, aunque a primera vista se nos juzgue como una
generación superficial e irreflexiva. En lo más profundo de nuestro
ser, nos sentimos atraídos por lo bello y lo bueno como fuentes de
verdad. El valor del silencio, como en esta Vigilia, nos fascina,
aunque a veces nos infunda temor por la sensación de vacío. Santo
Padre, me gustaría preguntarle: ¿cómo podemos encontrar verdaderamente
al Señor Resucitado en nuestras vidas y estar seguros de su presencia
incluso en medio de las pruebas y las incertidumbres?
Para dar inicio a este Año Jubilar, el Papa Francisco publicó el
documento titulado Spes non confundit, que significa «la esperanza no
defrauda». En ese documento, escribió: «En el corazón de toda persona
anida la esperanza como deseo y expectativa del bien» (Spes non
confundit, 1). En la Biblia, la palabra “corazón” suele referirse al
ser más íntimo de una persona, que incluye nuestra conciencia. Nuestra
comprensión de lo que es bueno, entonces, refleja cómo nuestra
conciencia ha sido moldeada por las personas que forman parte de
nuestra vida; aquellas que fueron amables con nosotros, aquellas que
nos escucharon con amor, aquellas que nos ayudaron. Esas personas
contribuyeron a modelarte en la bondad y, por lo tanto, a formar tu
conciencia para buscar el bien en tus decisiones de cada día.
Queridos jóvenes, Jesús es el amigo que siempre nos acompaña en la
formación de nuestra conciencia. Si realmente quieren encontrar al
Señor resucitado, escuchen su palabra, que es el Evangelio de la
salvación. Reflexionen sobre su forma de vivir, busquen la justicia
para construir un mundo más humano. Sirvan a los pobres y den
testimonio así del bien que siempre nos gustaría recibir de nuestros
vecinos. Estén unidos a Jesucristo en la Eucaristía. Adoren a Cristo en
el Santísimo Sacramento, fuente de vida eterna. Estudien, trabajen y
amen siguiendo el ejemplo de Jesús, el buen Maestro que siempre camina
a nuestro lado.
En cada paso, mientras buscamos lo que es bueno, pidámosle: quédate con
nosotros, Señor (cf. Lc 24,29). Quédate con nosotros, porque sin ti no
podemos hacer el bien que deseamos. Tú quieres nuestro bien; de hecho
Señor, tú eres nuestro bien. Quienes te encuentran también quieren que
otros te encuentren, porque tu palabra es una luz más brillante que
cualquier estrella, que ilumina incluso la noche más oscura. Al Papa
Benedicto XVI le gustaba decir que quienes creen nunca están solos. En
otras palabras, encontramos a Cristo en la Iglesia, es decir, en la
comunión de quienes lo buscan sinceramente. El Señor mismo nos reúne
para formar comunidad, no cualquier comunidad, sino una comunidad de
creyentes que se apoyan mutuamente. ¡Cuánto necesita el mundo
misioneros del Evangelio que sean testigos de justicia y paz! ¡Cuánto
necesita el futuro hombres y mujeres que sean testigos de esperanza!
Queridos jóvenes, ¡esta es la tarea que el Señor resucitado nos confía
a cada uno de nosotros!
San Agustín escribió: «Tú mismo lo mueves a ello, haciendo que se
deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en ti. [...] Que yo, Señor, te busque
invocándote y te invoque creyendo en ti» (Confesiones, I, 1). Siguiendo
esas palabras de Agustín, y en respuesta a sus preguntas, me gustaría
invitar a cada uno de ustedes a decirle al Señor: “Gracias, Jesús, por
llamarme. Mi deseo es seguir siendo uno de tus amigos, para que,
abrazándote, yo también pueda ser un compañero de todos los que
encuentre en el camino. Concédeme, Señor, que aquellos que me
encuentren puedan encontrarte a ti, incluso a través de mis
limitaciones y debilidades”. Al rezar con estas palabras, nuestro
diálogo continuará cada vez que miremos al Señor crucificado, porque
nuestros corazones estarán unidos en Él. Cada vez que adoremos a Cristo
en la Eucaristía, nuestros corazones se unirán en Él. Por último, mi
oración por ustedes es que perseveren en la fe, con gozo y valentía.Y
podemos decir: “Gracias Jesús por amarnos”. “Gracias Jesús por habernos
llamado”. “Quédate con nosotros Señor”.