BIOGRAFÍA
DEL PADRE PÍO DE PIETRELCINA
(1887-1968)
Su fiesta se celebra el 23 de Septiembre
Francisco Forgione (San Pío de Pietrelcina)
nació en el seno de una humilde y religiosa familia, el 25 de mayo de 1887 a las 17 h. El
Padre Pío nació en una pequeña aldea del Sur de Italia, llamada Pietrelcina, una
pequeña villa en la provincia de Benevento, Italia. Sus padres, Horacio Forgione y María
Giuseppa de Nunzio Forgione, ambos agricultores, encomendaron la protección de su recién
nacido a San Francisco de Asís, por esta razón le bautizaron con el nombre de Francisco
al día siguiente de su nacimiento.
La familia Forgione vivía en el sector más pobre de Pietrelcina. Francisco fue pobre,
pero como él mismo diría más adelante, nunca careció de nada... Los valores eran
diferentes en aquella época; un niño se consideraba dichoso si tenía lo básico para
vivir. Fue un niño muy sensible y espiritual.
Inicio de sus experiencias extraordinarias
Su vida transcurrió en los alrededores de la Iglesia Santa María de los Ángeles, que
podríamos decir fue como su "hogar". Aquí fue bautizado, hizo su Primera
Comunión, su Confirmación, y precisamente aquí, a los cinco años de edad, tuvo una
aparición del Sagrado Corazón de Jesús. El Señor posó Su mano sobre la cabeza de
Francisco y este prometió a San Francisco que sería un fiel seguidor suyo. El curso de
su vida y su vocación quedaría desde ese momento sellado. Padre Pío se ofrece a tan
corta edad como víctima. Este año marcaría la vida de Francisco para siempre; empieza a
tener apariciones de la Santísima Virgen, que continuarían por el resto de su vida.
También tenía trato familiar con su ángel guardián, con el que tuvo la gracia de
comunicarse toda su vida y el cual sirvió grandemente en la misión que él recibiría de
Dios.
Fue un niño callado, diferente y tímido, muchos dicen que a tan corta edad ya mostraba
signos de una profunda espiritualidad. Era piadoso, permanecía largas horas en la iglesia
después de Misa. Hizo hasta arreglos con el sacristán para que le permitiera visitar al
Señor en la Eucaristía, en los momentos en los cuales la iglesia permaneciera cerrada.
Un milagro en su presencia
Un día, siendo aún pequeño, acompañó a su padre, Horacio, en una peregrinación al
Santuario de San Peregrino. La iglesia estaba llena de fieles de todas partes. Francisco
se arrodilló para orar al frente del Santuario y observaba la angustia de una madre que
se acercó al altar con un niño deforme en sus brazos e imploraba al Santo que
intercediera por la sanación de su hijo.
Mientras su padre se preparaba para salir de la Iglesia, Francisco no se movía en
profunda oración de intercesión por el niño. La madre de este, en un arrebato de
desesperación dijo en voz alta frente a la imagen del Santo: "Cura a mi hijo, si no
lo quieres curar, tómalo, yo no lo quiero" y diciendo esto, arrojó al niño en el
altar. En el preciso momento en que el niño tocó el altar, éste sanó por completo.
Esta experiencia del poder de la oración, afianzó grandemente la confianza de Francisco
en el poder de la intercesión de los Santos.
Primeros estudios
Francisco tenía gran sed de aprender. Por no haber escuelas en la villa, unos granjeros
se presentaron voluntarios para enseñar a los niños del área. Su mayor ambición era
que los niños pudieran aprender a leer y los más brillantes a escribir. La enseñanza se
llevaba a cabo durante la noche por la necesidad existente de trabajar, tanto adultos como
niños durante el día. Francisco estudiaba durante este tiempo. Otros niños preferían
jugar, pero esto no era una de sus prioridades. Su preferencia era siempre pasar la mayor
parte del tiempo en oración y estudiar en el tiempo destinado para el aprendizaje. Padre
Pío fue un niño disciplinado, que entendía el sacrificio que era para sus padres
patrocinar su tiempo de aprendizaje.
Estudios para prepararlo a la Vida Religiosa
Llegó el momento en el cual Francisco manifestará su deseo de ser religioso. Su padre,
al ver la limitación existente de educación en la villa, emigró a los Estados Unidos y
a Jamaica buscando mejor solvencia económica que le permitiera sufragar los gastos de
educación para Francisco. Sus padres, aunque humildes, recibieron gran sabiduría del
Señor para ver el camino que su hijo habría de seguir. Hicieron grandes sacrificios para
que se hiciera posible.
Fue durante este tiempo en que su madre, Giuseppa, hizo arreglos para que su hijo
recibiera la formación necesaria para poder ingresar en el seminario.
Doña Giuseppa buscó al maestro Angelo Cavacco para encargarle la formación de su hijo.
Con él, el joven Francisco avanzó con gran rapidez y mostró tener gran capacidad.
Preparación para el Noviciado
El día antes de entrar al Seminario, Francisco tuvo una visión de Jesús con su
Santísima Madre. En esta visión, Jesús posa Su mano en el hombro de Francisco, dándole
valor y fortaleza para seguir adelante. La Virgen María, por su parte, le habla
suavemente, sutil y maternalmente penetrando en lo más profundo de su alma.
Ingreso en el Noviciado de Morcone
El Padre
Pío siempre caminó el sendero estrecho, no permitiéndose lujos ni nada que le pudiera
desviar de su relación con Jesús. A los 15 años de edad, Francisco había adelantado lo
suficiente como para entrar al Seminario; sería Fraile Capuchino. Ingresó con la Orden
Franciscana de Morcone el 3 de enero de 1902. Quince días después de su entrada, el día
22 de enero de 1902, Francisco recibió el hábito franciscano que está hecho en forma de
una cruz y percibió que desde ese momento su vida estaría "crucificada en
Cristo", tomó además, por nombre religioso, Fray Pío de Pietrelcina en honor a San
Pío V.
La Fraternidad Capuchina en la cual ingresó era una de las más austeras de la Orden
Franciscana y una de las más fieles a la regla original de San Francisco de Asís. El
ayuno y la penitencia eran prácticas habituales. El Fraile Pío abrazó todas las formas
de autoprivación, comiendo siempre muy poco, en una ocasión se alimentó únicamente de
la Eucaristía por 20 días y aunque débil físicamente se presentaba a clases con
preclara alegría. Fue una de las mejores épocas de su vida: "Soy inmensamente feliz
cuando sufro, y si consintiera los impulsos de mi corazón, le pediría a que Jesús me
diera todo el sufrimiento de los hombres".
Primera bilocación
En 1905, solo dos años después de haber entrado al Seminario, el Fraile Pío experimenta
por primera vez la bilocación. Rezando acompañado de otro fraile en el coro, una noche
fría de enero, alrededor de las 23 h., se encontró a sí mismo muy lejos, en una casa
muy elegante en la cual un padre de familia agonizaba en el mismo momento que su hija
nacía. Nuestra Santísima Madre se le apareció al Fraile Pío diciéndole:
"Encomiendo esta criatura a tus cuidados; es una piedra preciosa sin pulir. Trabaja
en ella, lústrala, hazla brillar lo más posible, porque un día me quiero adornar con
ella". A lo que él contestó: "¿Cómo puede ser esto posible si soy un pobre
estudiante, y todavía ni siquiera sé si tendré la fortuna de llegar a ser sacerdote? Y
si no llegara a ser sacerdote, ¿cómo podría ocuparme de esta niña estando tan
lejos?". La Virgen le contestó: "No dudes. Será ella quien venga a ti, pero la
conocerás de antemano en la Basílica de San Pedro". Inmediatamente se encontró de
nuevo en el coro donde había estado rezando minutos antes.
Dieciocho años más tarde esta niña se presentó en la Basílica de San Pedro, agobiada
y buscando a un sacerdote con quien pudiera confesarse y recibir dirección espiritual. Ya
era tarde y la Basílica iba a cerrar, miró a su alrededor y vio a un fraile entrar en el
confesionario y cerrar la puerta. La joven se le acercó y comenzó a compartirle sus
problemas. El sacerdote absolvió sus pecados y le dio la bendición. La joven en
agradecimiento quiso besarle la mano, pero al abrir el confesionario solo encontró una
silla vacía.
Un año después, la joven fue en peregrinación a San Giovanni Rotondo. Padre Pío
caminaba por los pasillos de las celdas repletos de peregrinos y al ver a la joven entre
ellos, la señaló diciendo: "Yo te conozco, tu naciste el día que tu padre
murió", la joven, sorprendida, esperó largo rato para poderse confesar con el Padre
y aclarar sus inquietudes. Padre Pío le recibe en el confesionario con estas palabras:
"Mi hija, has venido finalmente; te he estado esperando tantos años!". La joven
aún más sorprendida le manifestó que él estaba equivocado, siendo ésta la primera vez
que ella visitaba San Giovanni. A lo que Padre Pío contestó: "Tú ya me conoces,
viniste a mí el año pasado en la Basílica de San Pedro".
La joven se convirtió en su hija espiritual, obedeciendo siempre a sus consejos. Se casó
y formó una sólida y ejemplar familia cristiana.
Ordenación Sacerdotal
El 10 de agosto de 1910, Padre Pío es ordenado sacerdote en la Catedral de Benevento,
Italia. La tarde de aquel día, escribe esta oración: "Oh Jesús, mi suspiro y mi
vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta".
El día de su ordenación, su padre se encontraba en América, pero su madre, su hermano
Miguel y su esposa, y sus tres hermanas le acompañaron en ese día tan especial. Al
finalizar la Santa Misa, su madre y sus hermanos se acercaron a la baranda para recibir su
primera bendición. Su madre no podía contener sus lágrimas, tanto de la emoción como
del dolor de pensar en la ausencia de su esposo, cuyo sacrificio había hecho posible la
ordenación de su hijo.
Como era la costumbre, el nuevo Padre celebraría su primera Misa en la iglesia de su
pueblo, en Santa María de los Ángeles. En la misma iglesia en la que 23 años antes
había sido bautizado, en donde había recibido la Primera Comunión y el Sacramento de la
Confirmación.
De regreso a Pietrelcina
Cuanto más alto escalaba el joven sacerdote hacia la perfección, más era acechado por
el demonio. Y mientras más atormentado era por Satanás, más crecía en la fe y en el
amor al Señor.
Poco después de su ordenación, le volvieron las fiebres y los males que siempre le
aquejaron durante sus estudios, y fue enviado a su pueblo, Pietrelcina, para que se
restableciera de salud.
Cada vez que se hacía el intento para devolverlo a la vida religiosa dentro del
monasterio, este fracasaba, pues su salud empeoraba. Su vida sacerdotal en Pietrelcina
incluía mucha oración acompañada de muchas funciones religiosas, así como estudios
teológicos, catecismo para los niños del pueblo y reuniones con las familias.
Primera aparición de los estigmas
Durante su primer año de ministerio sacerdotal, en 1910, el Padre Pío manifestó los
primeros síntomas de los estigmas. En una carta que escribió a su director espiritual
los describió así: "En medio de las manos apareció una mancha roja, del tamaño de
un centavo, acompañada de un intenso dolor. También debajo de los pies siento
dolor". Estos dolores en la manos y los pies del Padre Pío, son los primeros signos
de los estigmas que fueron invisibles hasta el año 1918. En este año, el padre Pío
recibió los estigmas de Jesús Crucificado, quien en una aparición lo invitó a unirse
en su Pasión para participar en la salvación de los hermanos, en especial de los
consagrados.
Una vez el dolor que el Padre Pío experimentó fue tan agudo, que se sacudió las manos,
las cuales sentía que se le quemaban, a lo que su madre le preguntó: "¿Qué es
eso?, ¿es que ahora también tocas la guitarra?". El Padre se limitó a no
responder.
Este tiempo en su pueblo natal fue un período de grandes combates espirituales con el
demonio, pero también de grandes consuelos a través de éxtasis y fenómenos místicos,
tanto interiores como exteriores, espirituales y físicos. El demonio solía aparecérsele
de distintas maneras. Algunas veces lo hacía en la apariencia de animales, de mujeres
bailando danzas impuras, de carceleros que lo azotaban. Pero después de estos asaltos del
demonio, era consolado con éxtasis y apariciones de Jesús, la Santísima Virgen María,
su Ángel Guardián, San Francisco y otros santos.
El día 12 de agosto de 1912 experimentó por primera vez la "llaga del amor".
El Padre Pío le escribió a su director espiritual explicándole lo sucedido:
"Estaba en la Iglesia haciendo mi acción de gracias después de la Santa Misa,
cuando de repente sentí mi corazón herido por un dardo de fuego hirviendo en llamas y yo
pensé que me iba a morir".
Durante siete años, el Padre Pío permaneció fuera del Convento, en Pietrelcina.
Naturalmente, esta vida estaba en contraste con la regla franciscana y algunos hermanos
frailes se quejaron de esto. Fue entonces cuando el Superior General de la Orden pidió a
la Sagrada Congregación de los Religiosos la exclaustración del Padre Pío. Fue un golpe
muy duro para él y en un éxtasis se quejó a San Francisco de Asís. La Congregación de
los Religiosos no escuchó la solicitud del Superior General y concedió que el Padre Pío
siguiera viviendo fuera del convento, hasta que estuviera completamente restablecida su
salud.
De regreso a la vida monástica
El día 17 de febrero de 1916, el Padre Pío salió de Pietrelcina rumbo a Foggia, donde
los superiores lo llamaron para dar un servicio espiritual. Gracias a las oraciones de
Rafaelina Cerase, una señora muy enferma y cercana a la muerte, el Padre Pío puede
regresar definitivamente a la vida comunitaria. Esta buena señora se ofreció a Dios como
víctima para que el Padre pudiese oír confesiones y con ello traer gran beneficio a las
almas.
Aunque el Padre nunca más pudo regresar a su Pietrelcina natal, su amor por ella nunca
disminuyó. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Padre, refiriéndose a su pueblo dijo:
"Pietrelcina será preservada como la niña de mis ojos". Y antes de morir,
hablando proféticamente dijo: "Durante mi vida he favorecido a San Giovanni Rotondo.
Después de mi muerte, favoreceré a Pietrelcina".
Primera visita a San Giovanni Rotondo
El día 28 de julio de 1916, el Padre Pío llega a San Giovanni Rotondo por primera vez.
San Giovanni Rotondo era en ese entonces una pequeña villa en la península del Gargano,
rodeada por casas muy pobres, sin luz, sin agua potable ni cañería, sin caminos
pavimentados y sin formas de comunicación modernos, muy parecido a la forma de vida en
las villas pequeñas de aquel entonces.
El monasterio se encontraba a unos dos kilómetros del pueblo y para llegar a este, era
necesario ir en mula. El monasterio contaba con una pequeña y rústica Iglesia de Nuestra
Señora de la Gracia del siglo XIV.
Regreso permanente a San Giovanni Rotondo
El Padre Pío fue invitado a San Giovanni por el Padre Guardián y su breve visita fue del
28 de julio al 5 de agosto. Durante esta visita, la salud del Padre parece haber mejorado
un poco lo cual agradó al Padre Provincial y este lo mandó bajo obediencia a regresar a
San Giovanni por un tiempo, hasta que mejorase más su salud. El Padre regresó al
Monasterio del Gargano el día 4 de septiembre de 1916. En los designios del Señor, lo
que en un inicio se pensó sería temporal, duró 52 años, hasta la muerte del Padre.
Experiencia Militar
El Padre Pío fue llamado a las filas militares tres veces durante la Primera Guerra
Mundial y las tres veces regresó después de un corto período por motivos de salud. La
última vez que fue llamado, su salud desmejoró tanto, que los mismos médicos le dieron
de baja para "permitirle morir en paz en su hogar". Las cortas permanencias en
las filas militares causaron en él grandes dolores en su alma, a causa de la dureza de
los soldados, las blasfemias que escuchó y el verse alejado de la vida monástica. Otro
gran dolor era el no poder ofrecer la Santa Misa todos los días.
El Padre fue dado de baja de las filas militares con papeles que atestiguaban su buena
conducta, su honor y fidelidad a la patria, aunque se salvó de haber confrontado cargos
de deserción por no presentarse a una cita, a causa de un error del cartero de San
Giovanni Rotondo. Este no sabía que Francisco Forgione y el Padre Pío eran la misma
persona y por ello no supo a quién darle la cita.
El seminario menor
El Padre Pío sirvió como padre espiritual de los jóvenes que formaban parte del
seminario seráfico menor, que en ese momento estaba en San Giovanni Rotondo. Él se
encargaba de proveerles con meditaciones, de confesarlos y de tener conversaciones
espirituales con ellos. Oraba mucho y seguía de cerca su avance espiritual y hasta llegó
a pedir permiso para ofrecerse como víctima al Señor por la perfección de este grupo a
quienes como él mismo decía "amaba con ternura".
Un día en que daba un paseo con los jóvenes les dijo: "Uno de ustedes me traspasó
el corazón". Los jóvenes quedaron perplejos ante este comentario, pero no se
atrevían a preguntar quién había sido el culpable. "Uno de ustedes esta mañana
hizo una Comunión sacrílega. Y saber que fui yo el que se la dio hoy durante la
Misa". El joven culpable se arrojó a sus pies y confesó ser él el culpable. El
Padre hizo seña a los demás para que se retiraran un poco y ahí mismo en la calle
escuchó su confesión y lo restauró a la gracia de Dios.
Transverberación del corazón
La transverberación es una gracia extraordinaria que algunos santos como Santa Teresa de
Jesús y San Juan de la Cruz han recibido. El corazón de la persona escogida por Dios es
traspasado por una flecha misteriosa o experimentado como un dardo que al penetrar deja
tras de sí una herida de amor que quema mientras el alma es elevada a los niveles más
altos de la contemplación del amor y del dolor.
El Padre Pío recibió esta gracia extraordinaria el 5 de agosto de 1918. En gran
simplicidad, el Padre le narró a su director espiritual lo sucedido: "Yo estaba
escuchando las confesiones de los jóvenes la noche del 5 de agosto cuando, de repente, me
asusté grandemente al ver con los ojos de mi mente a un visitante celestial que se
apareció frente a mí. En su mano llevaba algo que parecía como una lanza larga de
hierro, con una punta muy aguda. Parecía que salía fuego de la punta.
Vi a la persona hundir la lanza violentamente en mi alma. Apenas pude quejarme y sentí
como que me moría. Le dije al muchacho que saliera del confesionario, porque me sentía
muy enfermo y no tenía fuerzas para continuar.
Este martirio duró sin interrupción hasta la mañana del 7 de agosto. Desde ese día
siento una gran aflicción y una herida en mi alma que está siempre abierta y me causa
agonía."
Los estigmas de Cristo
Sin duda alguna lo que ha hecho famoso al Padre Pío es el fenómeno de los estigmas: las
cinco llagas de Cristo crucificado que llevó en su cuerpo visiblemente durante 50 años.
Pasado un mes de la transverberación del corazón, el Padre Pío recibe las señas, ahora
visibles, de la Pasión de Cristo.
El Padre describe este fenómeno y gracia espiritual a su director por obediencia:
"Era la mañana del 20 de septiembre de 1918. Yo estaba en el coro haciendo la
oración de acción de gracias de la Misa y sentí poco a poco que me elevaba a una
oración siempre más suave, de pronto una gran luz me deslumbró y se me apareció Cristo
que sangraba por todas partes. De su cuerpo llagado salían rayos de luz que más bien
parecían flechas que me herían los pies, las manos y el costado.
Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado. Las manos, los pies y el costado
me sangraban y me dolían hasta hacerme perder todas las fuerzas para levantarme. Me
sentía morir, y hubiera muerto si el Señor no hubiera venido a sostenerme el corazón
que sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A gatas me arrastré hasta la celda. Me
recosté y recé, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a
Dios".
Los estigmas del Padre Pío eran heridas profundas en el centro de las manos, de los pies
y el costado izquierdo. Tenía manos y pies literalmente traspasados y le salía sangre
viva de ambos lados, haciendo del Padre Pío el primer sacerdote estigmatizado en la
historia de la Iglesia (San Francisco Asís no era sacerdote).
El provincial de los Capuchinos de Foggia invitó al Profesor Romanelli, médico y
director de un prestigioso hospital, para que estudiara el caso y diera su parecer. El
Doctor Romanelli no tuvo la menor duda del carácter sobrenatural del fenómeno. Poco
después la Curia Generalicia de los Capuchinos en Roma envió a San Giovanni Rotondo a
otro especialista, el profesor Jorge Festa. Sus conclusiones fueron que "los estigmas
del Padre Pío tenían un origen que los conocimientos científicos estaban muy lejos de
explicar. La razón de su existencia está mas allá de la ciencia humana".
La noticia de que el Padre Pío tenía los estigmas se extendió rápidamente. Muy pronto
miles de personas acudían a San Giovanni Rotondo para verle, besarle sus manos,
confesarse con él y asistir a sus Misas.
La palabra ESTIGMA viene del griego y significa "marca" o "señal en el
cuerpo", y era el resultado del sello de un hierro candente con el cual marcaban a
los esclavos. En sentido médico, estigma quiere decir una mancha enrojecida sobre la
piel, que es causada porque la sangre sale de los vasos por una fuerte influencia
nerviosa, pero nunca llega a ser perforación. En cambio los estigmas que han tenido los
místicos son lesiones reales de la piel y de los tejidos, llagas verdaderas como, en este
caso, las han descrito los doctores Romanelli y Festa.
La Santa Sede interviene en las investigaciones
Después de minuciosas investigaciones, la Santa Sede quiso intervenir directamente. En
aquel entonces era una gran celebridad en materia de psicología experimental, el Padre
Agustín Gimelli, franciscano, doctor en medicina, fundador de la Universidad Católica de
Milán y gran amigo del Papa Pío XI.
El Padre Gimelli fue a visitar al Padre Pío, pero como no llevaba permiso escrito para
examinar sus llagas, este rehusó a mostrárselas. El Padre Gimelli se fue de San Giovanni
con la idea de que los estigmas eran falsos, de naturaleza neurótica y publicó su
pensamiento en un artículo publicado en una revista muy popular. El Santo Oficio se
valió de la opinión de este gran psicólogo e hizo público un decreto el cual declaraba
la poca constancia de la sobrenaturalidad de los hechos.
Primera gran prueba. Diez años de aislamiento
En los años siguientes hubo otros tres decretos y el último fue condenatorio,
prohibiendo las visitas al Padre Pío o mantener alguna relación con él, incluso
epistolar. Como consecuencia, el Padre Pío pasó 10 años -de 1923 a 1933- aislado
completamente del mundo exterior, entre la paredes de su celda. Durante estos años no
solo sufría los dolores de la Pasión del Señor en su cuerpo, también sentía en su
alma el dolor del aislamiento y el peso de la sospecha. Su humildad, obediencia y caridad
no se desmintieron nunca.
El Sacrificio de la Misa
El Padre Pío se levantaba todas la mañanas a las tres y media y rezaba el oficio de las
lecturas. Fue un sacerdote orante y amante de la oración. Solía repetir: "La
oración es el pan y la vida del alma; es el respiro del corazón, no quiero ser más que
esto, un fraile que ama". Celebraba la Santa Misa en las mañanas acompañado de dos
religiosos. Todos querían verlo y hasta tocarlo, pero su presencia inspiraba tanto
respeto que nadie se atrevía a moverse en lo más mínimo. La Misa duraba casi dos horas
y todos los presentes se sumergían de forma particular en el misterio del sacrificio de
Cristo, multitudes se volcaban apretadas alrededor del altar deteniendo la respiración.
Aunque no existe diferencia esencial en la celebración de la Santa Misa de cualquier otro
sacerdote, porque el sacerdote y la víctima es siempre Cristo, con el Padre Pío la
imagen del Salvador -traspasado en sus manos, pies y costado- era más transparente.
El Padre Pío vive la Santa Misa, sufriendo los dolores del Crucificado y dando profundo
sentido a las oraciones litúrgicas de la Iglesia. En los anales de la Iglesia, Padre Pío
es el primer sacerdote estigmatizado; él fue esencialmente sacerdote, y su santidad fue
esencialmente sacerdotal. Toda su vida giraba alrededor de esta realidad en la cual
prestaba su boca a Cristo, sus manos y sus ojos. Cuando decía: "Esto es mi
Cuerpo...Esta es mi Sangre", su rostro se transfiguraba. Olas de emoción lo
sacudían, todo su cuerpo se proyectaba en una muda imploración. "La Misa",
dijo una vez a un hijo espiritual, "es Cristo en la Cruz, con María y Juan a los
pies de la misma y los ángeles en adoración. Lloremos de amor y adoración en esta
contemplación". Mientras el Padre celebraba el Santo Sacrificio, el tiempo parecía
detenerse.
Una vez se le preguntó al Padre cómo podía pasar tanto tiempo de pie en sus llagas
durante toda la Santa Misa, a lo que él respondió: "Hija mía, durante la Misa no
estoy de pie: estoy suspendido con Jesús en la cruz".
El Padre amaba a Jesús con tanta fuerza, que experimentaba en su propio cuerpo una
verdadera hambre y sed de Él. "Tengo tal hambre y sed antes de recibir a Jesús, que
falta poco para que muera de la angustia. Y precisamente, porque no puedo estar sin unirme
a Jesús, muchas veces, aun con fiebre, me veo obligado a ir a alimentarme de su
cuerpo"... "El mundo, solía decir el Padre Pío, puede subsistir sin el sol,
pero nunca sin la Misa".
En una ocasión se le preguntó si la Santísima Virgen María estaba presente durante la
Santa Misa, a lo cual él respondió: "Sí, ella se pone a un lado, pero yo la puedo
ver, qué alegría. Ella está siempre presente. ¿Como podría ser que la Madre de
Jesús, presente en el Calvario al pie de la cruz, que ofreció a su Hijo como víctima
por la salvación de nuestras almas, no esté presente en el calvario místico del
altar?".
Mártir del Sacramento de la Misericordia
Quien participara en la celebración Eucarística del Padre Pío no podía quedar
tranquilo en su pecado. Después de la Santa Misa, el Padre Pío se sentaba en el
confesionario por largas horas, dándole preferencia a los hombres, pues él decía que
eran los que más necesitaban de la confesión. Al ser tantos los que acudían a la
confesión, fue necesario establecer un orden, y confesarse con el Padre Pío podía
tomarse fácilmente tres o cuatro días de espera.
Son muchos los impresionantes testimonios y las emotivas conversiones generadas a través
de las Confesiones con el Padre Pío. Severo con los curiosos, hipócritas y mentirosos, y
amoroso y compasivo con los verdaderamente arrepentidos. Uno de los dones que más
impresionaba a la gente era que podía leer los corazones.
Una vez se le preguntó al Padre por qué echaba a los penitentes del confesionario sin
darles la absolución, a lo que él respondió: "Los echo, pero los acompaño con la
oración y el sufrimiento, y regresarán". El enojo era solamente superficial. A un
hermano le explicó una vez: "Hijo mío, sólo en lo exterior he asumido una forma
distinta. Lo interior no se ha movido para nada. Si no lo hago así, no se convierten a
Dios. Es mejor ser reprochado por un hombre en este mundo, que ser reprochado por Dios en
el otro". Un ejemplo de ello sucedió un día en que el Padre se encontró con un
joven que lloraba sin importarle el gentío que lo rodeaba. El Padre se le acercó y le
preguntó el porqué de su llanto. El muchacho respondió que "lloraba, porque no le
había dado la absolución". Padre Pío lo consoló con ternura diciendo: "Hijo,
ves, la absolución no es que te la he negado para mandarte al infierno sino al
Paraíso".
El apostolado de la alegría
El Padre Pío era un hombre muy duro contra todo tipo de pecado, pero tierno, jovial y
amante de la vida. Era un conversador brillante, con la astucia para mantener en suspenso
a sus oyentes. Le gustaban mucho los chistes, y en su repertorio, no faltaban los que se
referían a los soldados, políticos y religiosos. De la boca del Padre Pío, el chiste y
la anécdota no eran solo sano humor y simple distracción, sino también una especie de
apostolado: el apostolado de la alegría y el buen humor.
Una tarde calurosa, en que paseaba, como frecuentaba hacer con sus hermanos e hijos
espirituales, les contó esta anécdota: "Una vez entró de monje un joven juglar que
no conseguía cantar los salmos ni rezar las oraciones con los hermanos, pero en cuanto el
coro quedaba vacío, se acercaba a la estatua de la Santísima Virgen y le hacía piruetas
para congraciarse con ella y con el Niño Jesús. Una vez lo vio el fraile sacristán y
avisó al Abad. Este después de haberlo observado un rato, se maravilló de ver que la
estatua de la Virgen tomó vida. María sonreía y el Niño Jesús aplaudía con sus
manitas. Cada uno de nosotros, decía el Padre, hace de bufón en el puesto que Dios le ha
asignado. El fraile más ignorante, ofrecía a la Reina del Cielo lo único que sabía
hacer, y Ella lo aceptaba con gusto".
Auxilio seguro
A muchos que acudían a él para pedir su intercesión en momentos de necesidad, el Padre
no faltaba en darles una mano con su oración. En una ocasión contaba un monseñor que a
un campesino conocido de él, al cual le vino un fuerte y repentino dolor de muelas una
noche, en su desesperación por sentirse que el Padre no había escuchado su súplica de
intercesión, tomó un zapato y lo arrojó contra el cuadrito en el que estaba la foto del
Padre. Pasado el tiempo y habiendo olvidado el gesto irreverente, fue a confesarse con el
Padre, el cual le replicó en el confesionario: "Y todavía tienes el coraje,
después del zapatazo que me diste en la cara...".
Sanación milagrosa
Una de las curaciones más conocidas del Padre Pío fue la de una niña llamada Gema, que
había nacido sin pupilas en los ojos. La abuelita de ésta la llevó a San Giovanni
Rotondo con la esperanza de que el Señor obrara un milagro a través de la intercesión
del Padre. El Padre la bendijo e hizo la señal de la cruz sobre sus ojos. La niña
recuperó la vista, aunque el milagro no terminó allí. Gema vio desde ese momento, sin
nunca tener pupilas. Ya de adulta, Gema entró en la Vida Religiosa.
El Padre y los niños
El Padre tenía también un gran amor por los niños. Cuando se le pedía la intercesión
por el nacimiento de algún bebé que viniese con problemas, o por algún niño que
estuviese enfermo, intercedía hasta conseguir la gracia. Un canciller a cuya esposa se le
aproximaba el parto que se presentaba lleno de dificultades, fue a consultar con el Padre
y a pedir sus oraciones. "Vete tranquilo, le dijo el Padre, y nada de
operaciones". En el momento del parto la situación se complicó y los médicos le
dijeron que si no operaban enseguida temían por la vida, tanto de la madre como del
bebé. El canciller desesperado se fue al cuarto que estaba al lado donde había una
fotografía del Padre Pío en la pared y delante de ella comenzó a insultarlo y a decirle
palabrotas. No había terminado de desahogarse cuando escuchó el llanto de un bebé.
Salió corriendo hacia el cuarto de su esposa y encontró un hermoso varoncito nacido
"sin operaciones", para sorpresa de los médicos. Después de algunos días, el
canciller fue a San Giovanni a confesarse y a darle las gracias al Padre, el cual le
respondió: "Está bien, pero todas las palabrotas y los insultos que dijiste delante
de mi fotografía, no tienes que decirlos más".
En otra ocasión, un niño de San Giovanni Rotondo que estaba gravemente enfermo y el cual
se esperaba que podía morir en cualquier momento, se echó a reír y recuperó la salud
de forma casi instantánea. La madre le preguntó que qué sentía y el niño le
respondió: "Mamá, Padre Pío me hizo cosquillas en el pie". El Padre le había
hecho cosquillas en el pie y se sanó.
Hijos espirituales
El Padre Pío tenía entre aquellos que se lo solicitaban, un grupo de hijos espirituales
a quienes prometía asistir con sus oraciones y cuidados a cambio de llevar una vida
fervorosa de oración, virtud y obras de caridad. Entre este grupo de devotos hay un
sinnúmero de anécdotas en las que el cuidado real y oportuno del Padre se manifestó de
forma extraordinaria. Entre estas anécdotas está la de un joven cuya madre lo llevaba a
donde el Padre desde que este era muy pequeño y un día, saliendo del convento para tomar
el autobús de regreso a casa, un coche lo atropelló por la espalda haciendolo volar por
los aires. Mientras este volaba sobre el coche, viendo la imagen de la Virgencita del
convento al revés, se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Solo logró gritar:
"Virgencita mía, ayúdame". Lo llevaron de inmediato al hospital y todos los
exámenes mostraban que todo estaba en orden, aunque no se explicaban de dónde provenía
la sangre que había en su camisa. En cuanto este pudo salió corriendo hacia el convento
para darle las gracias al Padre que estaba rezando en el coro. "No me des las gracias
a mí, le respondió el Padre, dáselas a la Virgen, fue Ella". Después de mirarlo
con los ojos llenos de amor y con una gran sonrisa en los labios, le dijo: "Hijo
mío, no te puedo dejar solo ni un minuto...".
Llamado a la Co-redención
La vida del Padre Pío está tan llena de acontecimientos extraordinarios que es necesario
buscar las causas de ellos en su vida íntima. Quien es llamado a servir en la misión
redentora de Jesucristo tiene que sufrir mucho moral y físicamente. Estos sufrimientos lo
purifican y encienden cada vez más el amor a Dios. En una carta escrita por el Padre en
1913 decía: "El Señor me hace ver como en un espejo, que toda mi vida será un
martirio". Desde que ingresó a la vida religiosa hasta que recibió los estigmas, la
vida del Padre Pío fue un vía crucis. En 1912 escribe: "Sufro, sufro mucho pero no
deseo para nada que mi cruz sea aliviada, porque sufrir con Jesús es muy agradable".
A una hija espiritual le dijo un día: "El sufrimiento es mi pan de cada día. Sufro
cuando no sufro. Las cruces son las joyas del Esposo, y de ellas soy celoso. ¡Ay de aquel
que quiera meterse entre las cruces y yo!".
Su proyecto más grande en la tierra
La tarde del 9 de enero de 1940, el Padre Pío reunió a tres de sus grandes
amigos espirituales y les propuso un proyecto al cual él mismo se refirió como "su
obra más grande aquí en la tierra": la fundación de un hospital que habría de
llamarse "Casa Alivio del Sufrimiento". El Padre sacó una moneda de oro de su
bolsillo que había recibido en una ocasión como regalo y dijo: "Esta es la primera
piedra". El 5 de mayo de 1956 se inauguró el hospital con la bendición del cardenal
Lercaro y un inspirado discurso del Papa Pío XII. La finalidad del hospital es curar al
enfermo tanto espiritual como físicamente: la fe y la ciencia, la mística y la medicina,
todos de acuerdo para auxiliar la persona entera del enfermo: cuerpo y alma.
Grupos de Oración
"Lo que le falta a la humanidad, repetía con frecuencia, es la oración". A
raíz de la Segunda Guerra Mundial, el mismo Padre funda los "Grupos de Oración del
Padre Pío". Los Grupos se multiplicaron por toda Italia y el mundo. A la muerte del
Padre los Grupos eran 726 y contaban con 68.000 miembros, y en marzo de 1976 pasaban de
1.400 grupos con más de 150.000 miembros. "Yo invito a las almas a orar y esto
ciertamente fastidia a Satanás. Siempre recomiendo a los Grupos la vida cristiana, las
buenas obras y, especialmente, la obediencia a la Santa Iglesia".
Segunda prueba y persecución
La envidia humana se echó encima de la obra del Padre Pío. Desde 1959, periódicos y
semanarios empezaron a publicar artículos y reportajes mezquinos y calumniosos contra la
"Casa Alivio del Sufrimiento". Para quitar al Padre los donativos que le
llegaban de todas partes del mundo para el sostenimiento de la Casa, sus enemigos
envidiosos planearon una serie de documentaciones falsas y hasta llegaron,
sacrílegamente, a colocar micrófonos en su confesionario para sorprenderlo en error.
Algunas oficinas de la Curia Romana condujeron investigaciones, le quitaron la
administración de la Casa Alivio del Sufrimiento y sus Grupos de Oración fueron dejados
en el abandono. A los fieles se les recomendó no asistir a sus Misas ni confesarse con
él.
El Padre Pío sufrió mucho a causa de esta última persecución que duró hasta su
muerte, pero su fidelidad y amor intenso hacia la Santa Madre Iglesia fue firme y
constante. En medio del dolor que este sufrimiento le causaba, solía decir: "Dulce
es la mano de la Iglesia también cuando golpea, porque es la mano de una madre".
50 años de dolor y sangre
El viernes 20 de septiembre de 1968, el Padre Pío cumplía 50 años de haber recibido los
estigmas del Señor. Fue grande la celebración en San Giovanni. El Padre Pío celebró la
Misa a la hora acostumbrada. Alrededor del altar había 50 grandes macetas con rosas rojas
para sus 50 años de sangre... De la misma manera milagrosa como los estigmas habían
aparecido en su cuerpo 50 años antes, ahora, 50 años más tarde y unos días antes de su
muerte, habían desaparecido sin dejar rastro alguno de cinco décadas de dolor y sangre,
con lo cual el Señor ha confirmado su origen místico y sobrenatural.
El paso a la vida eterna
Tres días
después, murmurando por largas horas "¡Jesús, María!", muere el Padre Pío,
el 23 de septiembre de 1968. Los que estaban presentes quedaron largo tiempo en silencio y
en oración. Después estalló un largo e irrefrenable llanto.
Los funerales del Padre Pío fueron impresionantes. Se tuvo que esperar cuatro días para
que las multitudes pasaran a despedirlo. Se calcula que más de 100.000 personas
participaron en el entierro.
Una promesa de amor
Un día, una persona preguntó al Padre: "¿Jesús le mostró los lugares de sus
hijos espirituales en el paraíso?".
Padre Pío: "Claro, un lugar para todos los hijos que Dios me confiará hasta el fin
del mundo, si son constantes en el camino que lleva al cielo. Es la promesa que Dios hizo
a este miserable".
Persona: "Y en el paraíso, ¿estaremos cerca de usted?".
Padre Pío: "Ah tontita, ¿y qué paraíso sería para mí si no tuviera cerca de mí
a todos mis hijos?".
Persona: "Pero yo le tengo miedo a la muerte".
Padre Pío: "El amor excluye el temor. La llamamos muerte, pero en realidad es el
inicio de la verdadera vida. Y luego, si yo les asisto durante la vida, ¡cuánto más los
ayudaré en la batalla decisiva!".
Proceso de la Causa del Padre Pío
Muchas
han sido las curaciones y conversiones concedidas por la intercesión del Padre Pío e
innumerables milagros han sido reportados a la Santa Sede.
Los preliminares de su Causa se iniciaron en noviembre de 1969. El 18 de diciembre de 1997, Su Santidad Juan Pablo II lo declaró venerable. Este paso, aunque no tan ceremonioso como la beatificación, es ciertamente la parte más importante del proceso. El venerable Padre Pío fue beatificado el 2 de mayo de 1999. Tan grande fue la multitud en la Misa de beatificación, que desbordaron la Plaza de San Pedro y toda la Avenida de la Conciliación hasta el río Tiber sin ser estos lugares suficiente. Millones de personas además lo contemplaron por la televisión en el mundo entero.
Un gran Santo para la Iglesia de hoy
El día 16
de junio del 2002, su Santidad Juan Pablo II canonizó al Beato Padre Pío. Es el primer
sacerdote canonizado que ha recibido los estigmas de nuestro Señor Jesucristo.
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