Creer en la iglesia

El Papa Francisco, durante la audiencia general del 25-6-2014, expresó que "en la Iglesia no existe el ‘hazlo solo’ o los ‘jugadores libres’”, al advertir a los fieles sobre el peligro de caer en la tentación de creer que se puede tener “una relación personal directa” con Cristo fuera de la comunión y la mediación de la Iglesia.

“A veces sucede que escuchamos a alguien decir: ‘yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa’. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y esto no está bien. Existe quién considera que puede tener una relación personal directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y dañinas. Son, como decía Pablo VI, dicotomías absurdas”, expresó el Papa.

En ese sentido, recordó que “no se hacen cristianos en laboratorio”, sino dentro del seno de la Iglesia. “Si el nombre es ‘cristiano’, el apellido es ‘pertenezco a la Iglesia’”, reiteró.
En relación a estas palabras del Papa Francisco, les recomiendo la lectura del siguiente artículo, escrito por Alejo Fernández:

Hemos oído tantas veces la frase "Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia"... Pero nos sorprendemos al descubrir lo poco que sabemos tanto de Dios como de la Iglesia. Reflexiones sobre un sentir común, con poco sentido común.

“Creo en Dios, pero no en la Iglesia ni en los curas”. Nos suelta un amigo ¡Caray! Uno es libre de creer o no creer, de ser católico o budista, agnóstico o creyente, capitalista o comunista… o del equipo de fútbol que le plazca. Todos nos merecen respeto cuando actúan con honestidad. Pero, quien dice creer en Dios, y se llama cristiano, y además es persona de cierta cultura, no puede quedarse "en medio". Además, nos miró por encima del hombro y con un gesto de paternal benevolencia, sonriente, consideró con esa parrafada, justificada una faceta particular de su vida.

¿Qué quiso decir este amigo nuestro? ¿Sabía lo que decía? ¿Se trata de una de esas tonterías que todos decimos de vez en cuando? Se imaginan a este caballero diciendo: Yo creo en el socialismo, pero no en los socialistas. Más que oponerse a la Iglesia, al PP, al PSOE o a cualquier otro partido político del país que sea se oponen a la idea que ellos tienen de estas organizaciones. La realidad tiene muy poco que ver con sus ideas, frutos de prejuicios que pululan en el ambiente y de una escasa formación.

No han leído a los Evangelios, ni a Marx, ni a Hengel, ni se han preocupado de leer los escritos del Papa o los programas de los diferentes partidos. Se limitan a “hablar alto y fuerte” de todo lo que no entienden, lo que constituye un insulto mental a cualquier inteligencia.

La experiencia nos indica que esto que se dice de la institución Iglesia a nadie se le ocurre decirlo sobre cualquier otra institución, por ejemplo:

- A ningún obrero o empleado se le pasa por la cabeza creer en el trabajo, en su empresa, pero no en el jefe, técnicos, capataces, edificios, oficinas, etc.

- A ningún militar se le ocurre que pueda ir a la guerra sin generales, Jefes u ofi­ciales, armas, instrucción, cuarteles,… ni que se pueda desobedecer a los jefes.

- ¿Se puede creer en el fútbol pero no en los futbolistas, directivos, las reglas del juego, entrenadores, campos de juego, etc.? NO

- ¿Se puede creer en la enseñanza, pero no en los profesores, ni en la necesidad de escuelas? NO.

Sin embargo, seguiremos yendo al trabajo aunque no nos gusten los jefes, y a la escuela aunque los profesores no sean buenos, y a la guerra aunque nos desagraden los mandos; pero, curiosamente, si no nos gustan algunos curas nos vamos de la Iglesia. ¿No será esto una excusa para justificar nuestra forma de vida? No perdamos el tiempo: No existen los jefes ni las leyes hechas a gusto de cada uno.

Siguiendo por este camino, estiman que no hacen falta sacerdotes, templos ni liturgias. A ellos les basta hablar directamente con Dios de tú a tú. Cosa que, por supuesto -pero nunca te lo dicen-, tampoco hacen. Creen en Dios y están dispuestos a seguirle, pero a su manera, como a un Dios del que podamos disponer a nuestro antojo.

La Iglesia es una institución divina, pero está regida por hombres con todas sus virtudes y defectos. Cristo prometió ayuda a su Iglesia hasta el final de los tiempos, pero no aseguró la fidelidad ni la sensatez de sus miembros, a quienes dejó libres de aceptar o no sus mandamientos.

Incluso el propio Cardenal Joseph Ratzinger dijo una vez un símil muy profundo "La iglesia es como la luna: tierra, rocas y desierto, pero que desde la tierra es un bellísimo cuerpo celeste que nos ilumina en la noche, aunque su luz no sea propia". Efectivamente, la Iglesia es tierra, rocas y desierto. Pero también es un cuerpo celeste de belleza incomparable que ilumina nuestras noches con la luz de la fe. La Iglesia, cuanto más se le conoce, más se le ama, y más profundamente se comprende por qué es el Cuerpo Místico de Cristo.

Cualquiera que en conciencia se considere cristiano, socialista, comunista, budista, o lo que sea, cumplirá las leyes correspondientes y obedecerá a sus jefes, o si no está de acuerdo, se largará o le largarán con su música a otra parte.

Para los católicos – que es para quienes escribimos en esta ocasión- lo que es o deba ser la Iglesia y nuestras relaciones con Dios, sólo se rigen por las palabras de Cristo en sus Evangelios, en los Hechos y Epístolas de los apóstoles y en la tradición cristiana contrastada históricamente. En la Religión, como en la mili, en la enseñanza o en el trabajo nadie puede ir "por libre". Del Evangelio de San Mateo entresacamos un párrafo esclarecedor: En cierta ocasión, Jesús responde: “Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra “edificaré yo mi Iglesia”, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”.

Más claro ni el agua. Jesucristo mismo instituyó la Iglesia. No es un invento humano, ni los apóstoles se dieron cuenta del "valor político" o las supuestas riquezas que la Iglesia podría tener. Siguieron el mandato de Jesús.

Queda muy claro, que Jesús funda “su” Iglesia sobre Pedro, y que otorga a Pedro autoridad para legislar y gobernar sobre la tierra. Por tanto, querido amigo, las palabras de Jesús se creen o no; pero si se creen, como decíamos en la mili: "Punto en boca y cartucho al cañón". La Iglesia, como institución humana, no habría prevalecido durante muchos años. Pero en XXI siglos es la institución más antigua que conocemos en la tierra.

Antes de hablar, hay que estar informados. Para hablar de la Iglesia hay que saber eclesiología e historia de la Iglesia, para hablar de Dios hay que saber al menos teología dogmática, teología moral y teología sacramentaria con una profunda (y constante) vida de oración. De otro modo, se habla "de oídas".

La moraleja de esta historia es que hay que conocer antes de hablar. Y hay que conocer a fondo la Iglesia, o de otro modo la opinión "Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia" es, a lo menos, frívolo y superficial.


PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO EN LA AUDENCIA GENERAL DEL 25 DE JUNIO DE 2014 

(traducción de Radio Vaticana)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy hay otro grupo de peregrinos conectados con nosotros en el Aula Pablo VI. Son peregrinos enfermos. Porque con este tiempo, entre el calor y la posibilidad de lluvia, era más prudente que ellos permanecieran allí. Pero ellos están conectados con nosotros a través de una pantalla gigante. Y así, estamos unidos en la misma Audiencia. Y todos nosotros hoy rezaremos especialmente por ellos, por sus enfermedades. Gracias.

En la primera catequesis sobre la Iglesia, el miércoles pasado, comenzamos por la iniciativa de Dios que quiere formar un Pueblo que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Empieza con Abraham y luego, con mucha paciencia – y Dios tiene, tiene tanta- con tanta paciencia prepara este Pueblo en la Antigua Alianza hasta que, en Jesucristo, lo constituye como signo e instrumento de la unión de los hombres con Dios y entre nosotros.

Hoy vamos hacer hincapié en la importancia que tiene para el cristiano pertenecer a este Pueblo. Hablaremos de la pertenencia a la Iglesia.

1. Nosotros no estamos aislados y no somos cristianos a título individual, cada uno por su lado, no: ¡nuestra identidad cristiana es pertenencia! Somos cristianos porque nosotros pertenecemos a la Iglesia. Es como un apellido: si el nombre es "Yo soy cristiano", el apellido es: "Yo pertenezco a la Iglesia." Es muy bello ver que esta pertenencia se expresa también con el nombre que Dios se da a sí mismo.

Respondiendo a Moisés, en el maravilloso episodio de la "zarza ardiente", de hecho, se define como el Dios de tus padres, no dice yo soy el Omnipotente, no: yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. De este modo, Él se manifiesta como el Dios que ha establecido una alianza con nuestros padres y se mantiene siempre fiel a su pacto, y nos llama a que entremos en esta relación que nos precede. Esta relación de Dios con su Pueblo nos precede a todos nosotros, viene de aquel tiempo.

2. En este sentido, el pensamiento va primero, con gratitud, a aquellos que nos han precedido y que nos han acogido en la Iglesia. ¡Nadie llega a ser cristiano por sí mismo! ¿Es claro esto? Nadie se hace cristiano por sí mismo. No se hacen cristianos en laboratorio. El cristiano es parte de un Pueblo que viene de lejos. El cristiano pertenece a un Pueblo que se llama Iglesia y esta Iglesia lo hace cristiano el día del Bautismo, se entiende, y luego en el recorrido de la catequesis y tantas cosas.

Pero nadie, nadie, se hace cristiano por sí mismo. Si creemos, si sabemos orar, si conocemos al Señor y podemos escuchar su Palabra, si nos sentimos cerca y lo reconocemos en nuestros hermanos, es porque otros, antes que nosotros, han vivido la fe y luego nos la han transmitido, la fe la hemos recibido de nuestros padres, de nuestros antepasados y ellos nos la han enseñado. Si lo pensamos bien, ¿quién sabe cuántos rostros queridos nos pasan ante los ojos, en este momento? Puede ser el rostro de nuestros padres que han pedido el bautismo para nosotros; el de nuestros abuelos o de algún familiar que nos enseñaron a hacer la señal de la cruz y a recitar las primeras oraciones.

Yo recuerdo siempre tanto el rostro de la religiosa que me ha enseñado el catecismo y siempre me viene a la mente - está en el cielo seguro, porque es una santa mujer - pero yo la recuerdo siempre y doy gracias a Dios por esta religiosa - o el rostro del párroco, un sacerdote o una religiosa, un catequista, que nos ha transmitido el contenido de la fe y nos ha hecho crecer como cristianos. Pues bien, ésta es la Iglesia: es una gran familia, en la que se nos recibe y se aprende a vivir como creyentes y discípulos del Señor Jesús.

3. Este camino lo podemos vivir no solamente gracias a otras personas, sino junto a otras personas. En la Iglesia no existe el “hazlo tú solo”, no existen “jugadores libres”. ¡Cuántas veces el Papa Benedicto ha descrito la Iglesia como un “nosotros” eclesial! A veces sucede que escuchamos a alguien decir: “yo creo en Dios, creo en Jesús, pero la Iglesia no me interesa”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esto? Y esto no está bien. Existe quién considera que puede tener una relación personal directa, inmediata con Jesucristo fuera de la comunión y de la mediación de la Iglesia. Son tentaciones peligrosas y dañinas. Son, como decía Pablo VI, dicotomías absurdas.

Es verdad que caminar juntos es difícil y a veces puede resultar fatigoso: puede suceder que algún hermano o alguna hermana nos haga problema o nos de escándalo. Pero el Señor ha confiado su mensaje de salvación a personas humanas, a todos nosotros, a testigos; y es en nuestros hermanos y en nuestras hermanas, con sus virtudes y sus límites, que viene a nosotros y se hace reconocer. Y esto significa pertenecer a la Iglesia. Recuérdenlo bien: ser cristianos significa pertenencia a la Iglesia. El nombre es “cristiano”, el apellido es “pertenencia a la Iglesia”.

Queridos amigos, pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia, la gracia de no caer jamás en la tentación de pensar que se puede prescindir de los otros, de poder prescindir de la Iglesia, de podernos salvar solos, de ser cristianos de laboratorio. Al contrario, no se puede amar a Dios sin amar a los hermanos; no se puede amar a Dios fuera de la Iglesia; no se puede estar en comunión con Dios sin estar en comunión con la Iglesia; y no podemos ser buenos cristianos sino junto a todos los que tratan de seguir al Señor Jesús, como un único Pueblo, un único cuerpo y esto es la Iglesia. Gracias.

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