De atleta a misionera

María Del Pino Rodriguez RiveraA María del Pino Rodríguez de Rivera, Mapi, ex saltadora de la isla de Gran Canaria (España), no le bastó ganar el Oro  en deporte, en 1994: se lanzó a conquistar el campeonato del Amor.

Con 37 años, conserva la vitalidad y robustez física de la deportista que fue. Trabaja como misionera en un barrio marginal de Manila, la capital de Filipinas. Su amor a Cristo la ha llevado a 13.000 kilómetros de su Gran Canaria natal para servirle en los más pobres. Pero no siempre fue así. Durante un tiempo vivió -explica ella misma- «sin rumbo, como perdida, una época en la que todo me daba igual». Buscaba la felicidad en las marchas nocturnas, en las fiestas, incluso en el deporte, donde fue campeona de España de saltos en 1994, con el Club Natación Metropole. «Todo eso es bueno si se vive de forma sana y si se sabe colocar en el lugar que corresponde, pero cuando lo pones en el centro de tu vida, te destruye, porque eso pasa y no es la verdadera felicidad», asegura.

Hoy, el centro de su vida es su vida de consagrada con las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada y el trabajo con los pobres de Baseco Tondo, una de las zonas más míseras de Manila. Cómo llegó hasta aquí desde esa otra vida de confusión y desorden, es una historia que merece ser contada.

«Lo más importante es mi familia. Mis padres y mis hermanos, una familia cristiana que me ayudó a descubrir a Dios en mi vida», ha comentado por correo electrónico desde Manila. Mapi estudió en el colegio de las Teresianas, en Las Palmas de Gran Canaria, y allí transcurrió su infancia y parte de su adolescencia. Estuvo en algunos grupos de apostolado, pero más por conocer gente y participar en las excursiones.

En esa época practicó en el colegio gimnasia deportiva, y saltos de trampolín en el CN Metropole. De ahí aprendió «lo que significa esforzarse y luchar por aquello que uno quiere de verdad». También «el sacrificio y la renuncia por alcanzar la meta deseada». Unos años que la ayudaron a crecer y forjaron su personalidad.

Se decidió a estudiar Derecho, pero entonces algo en su vida cambió. «Me fui alejando de Jesús y de todo lo relacionado con la Iglesia cada vez más. Todo para mí fue perdiendo importancia y mi rutina se redujo a un malvivir continuo que se iba apoderando de mí y de mis sueños. Todo fue perdiendo brillo en mi vida, hasta que me vi sumida en la más profunda tristeza. Viví desde ese vacío durante casi tres años, nada me llenaba, nada me atraía». Fue la época de las fiestas y la vida nocturna.

Granada en los planes de Dios

Un día despertó del letargo. Sintió la necesidad de salir de Gran Canaria, alejarse de un ambiente que la contaminaba. Dejó su casa y se fue a estudiar a Granada. «Algo dentro de mí me decía que iba a encontrar cosas buenas», explica. «Allí empezó la más bella historia de amor que nunca hubiera soñado».

Se instaló en una residencia llevada por religiosas, frente a la casa madre de las citadas Misioneras, donde acabaría integrándose gracias a dos novicias que la invitaron al grupo de oración. «Yo continuaba con mi vida de estudiante, salía con mis amigos, hacía muchas cosas, pero sentía que me faltaba algo», confiesa. En su primer día de oración, ante Jesús Sacramentado, sintió un torbellino de emociones: «Tuve una sensación que no puedo describir, me sentía incapaz de mirarle, me sentía indigna de estar en su Presencia, pero al mismo tiempo me atraía; rompí a llorar como una niña. Me entró miedo y dejé el grupo».

En pocas semanas volvió y entró a formar parte de las Misioneras. Sus primeros años de formación los pasó allí mismo, en Granada. Después estuvo cuatro años en Pamplona y dos más en el Puerto de Motril. En otoño de 2011 aterrizó en Manila junto a dos misioneras más: una colombiana y otra estadounidense, con el objetivo de fundar una misión, la primera en Asia de esta congregación.

Manila: pobreza y hospitalidad

La hospitalidad es uno de los rasgos que más han sorprendido a la hermana María del Pino desde su llegada a Manila. «Para cualquier filipino lo primero es la persona, y aunque tengan mucho que hacer, lo dejan todo para atender a quien llega a sus casas»,comenta. Un rasgo que incluye también -o sobre todo- a pobres de Baseco Tondo, un lugar inmenso que crece cada año porque se van instalando allí familias de otras provincias. «Es impactante ver cuánta gente malvive en la calle. Baseco Tondo es una zona marginal, está en la misma ciudad, pero sus habitantes son como el deshecho de la sociedad, porque nadie quiere saber nada de ellos... Sería imposible sacarlos de toda esa pobreza. Se trata de ayudarles a que salgan adelante desde su propia realidad, que aprendan a luchar y a trabajar por una vida mejor».

El trabajo que hacen la hermana María del Pino y sus dos compañeras es acompañar a las familias a la Eucaristía y otras celebraciones de la devoción popular, pero al mismo tiempo les ayudan con ropa y comida. Y, para una mayor cercanía, están aprendiendo taga-log, el idioma local. «Fundamental para poder trabajar con ellos -apunta-, y también como una señal de respeto».

La última vez que Mapi estuvo en su casa fue en el verano de 2011, para despedirse de su familia antes de partir a Filipinas. Asegura que sus padres y amigos están contentos porque la ven feliz, pero que la vida del misionero es dura. Lo sabe y está bien entrenada. Y en cualquier caso, como ella dice, «a eso nos llama Jesús, y por eso estamos en Manila, en la otra punta del mapa, pero felices».


Revista Ave María, nº 783

 

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